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‘Bubbles’ y la espectacular tarta de queso

Llegué a Zurich una noche de septiembre con una única preocupación en la cabeza: dónde desayunar. Soy de esas personas que ama el desayuno y además lo considera una de las comidas más importantes del día. Además, se me junta la tontería que el Primer Mundo tiene ahora con las cafeterías bonitas, con decoración más o menos vintage o estilosa, de esas en las que tener red velvet en la carta es símbolo de calidad, creo que me estoy explicando. También -y esto creo que lo he comentado ya en alguna ocasión- se añade que soy una auténtica obsesa/forofa/amante del té, y me gusta que en los sitios a los que vaya tengan algo más allá del té genérico que venden en algunos bares o de la tila.

Así que, recién cogido el wi-fi en el portátil, abrí el buscador y escribí algo tan sencillo como: nice breakfast Zurich, esperando que Google, que todo lo sabe, me echase una mano. Seguro que entendía exactamente a qué me estaba refiriendo. No recuerdo exactamente si fue la primera, pero entre las opciones que aparecieron estaba el Café-Restaurant Bubbles en TripAdvisor. Por fuera me pareció apañado, y además tenía un chorro de comentarios buenos que ponían por las nubes los desayunos. Le eché un vistazo a la carta y lamenté no saber alemán, pero me guardé la dirección. No estaba exactamente cerca de donde yo me estaba alojando, pero de verdad me había encaprichado con el sitio y no era complicado llegar.

A la mañana siguiente y después de volver para atrás en varias ocasiones al consultar el mapa, llegué a Bubbles (Werdstrasse 54) y podríamos decir que fue amor a primera vista.

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El exterior

Me encantan las cosas con colores y que haya velas encima de las mesas. En la fotografía no aparece nadie, porque la tomé a las ocho de la mañana de un domingo, así que era comprensible. Dato de interés, no cierra ningún día de la semana. Nada más entrar me recibió una camarera con una sonrisa muy amable que se pasó al inglés enseguida, cuando se dio cuenta de que yo pilotaba bastante poco de alemán (por no decir que nada en absoluto). Me senté dentro, junto a la ventana, y me di cuenta de que el menú que me había dejado también estaba en alemán, pero me dio vergüenza volver a llamarla, porque a pesar de ser domingo dentro había clientes, y como una ha trabajado en cafetería sabe lo molesto que es que te llamen para “chorradas”. Afortunadamente la chica se dio cuenta de la cara de póker que yo estaba poniéndole a la carta plastificada, así que me la cambió enseguida.

Ahí va una curiosidad magnífica que me encontré.

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La próxima vez que vaya tengo que preguntarles si esto del “Plato Pirata” se ha puesto en práctica alguna vez. Evidentemente, el precio de este desayuno era de 0 francos suizos. Me reí mucho. Como también me reí cuando me escribieron la contraseña para el wi-fi en un papel, y una vez conectada escribí la palabra en el traductor para encontrarme con que significaba: dieciséiscaracteres, así todo junto. Desde luego, la impresión de la cafetería mejoraba por momentos. Además el hilo musical era jazz, y aquí servidora es gran amante de esa música. Siempre he pensado que el jazz le va fantásticamente bien a las cafeterías de este estilo, del estilo cupcake y smoothie/milkshake que ahora están en todas partes y que, lo confieso, me encantan.

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Arriba de estas líneas, mi desayuno. Un bol de cereales tipo muesli con miel, yogur griego, almendras y arándanos. Tres arándanos, vale, pero es que la fruta está cara en Suiza y yo tampoco iba a protestar. Además, un earl grey muy normalito, no me atreví a arriesgar con el té en aquella ocasión. Estaba muy rico, y no era nada caro. Me gustó el hecho de que pusieran un plato de café sobre la taza porque eso permite dos cosas: que no se escape el calor del agua y que la fragancia del té se libere mejor, y luego dejar ahí la bolsita una vez ha estado dentro del agua los minutos pertinentes. A mí estos detalles me enamoran, qué le vamos a hacer. Se me conquista con té.

Volví la tarde siguiente porque me urgía trabajar con internet y, por qué no decirlo, me había encantado Bubbles. Esta vez pedí un té de red berries y nada más, porque aunque sabía que se ofertaba bollería no estaba demasiado segura de lo que quería comer. Me senté en una mesita de un rincón, monísima con su lamparita, y me pasé la tarde allí sentada, haciendo mis cosas. Me di cuenta de que la cafetería estaba literalmente vacía, y en un acto de congraciarme con la única camarera que estaba allí, le pregunté si no eran aburridos los cierres del lunes por la tarde. Así conocí a Liza, que se convertiría en mi embajadora dentro de Bubbles y en mi asesora gastronómica particular. ¿Por qué digo esto? Porque cuando me quedaba alrededor de una hora para marcharme, Liza me preguntó si no me gustaría probar las tartas de queso, que eran muy famosas y además caseras. Tenían clásica, de arándanos, de frambuesa y de plátano con chocolate. Aquella primera vez pedí la última de la lista, y fue un orgasmo al paladar (que me disculpe aquel de ofensa fácil, pero hay pocas expresiones mejores para definirlo).

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Juro que estaba deliciosa. He probado cosas así de ricas en muy pocos sitios. La galleta estaba crujiente, el plátano blandito y el chocolate en el punto perfecto entre lo sólido y lo cremoso. Aluciné colorines con la tarta de queso, y así se lo dije. Ella me contó que era 100% casera, y que la receta era un secreto secretísimo. No me extrañaba nada. Le prometí a Liza que iba a volver al día siguiente a por otra, seguro.

Y tanto que volvería. Esa noche estaba viendo Atlantis: El imperio perdido de Disney, que estaba en mi lista de pendientes, y de repente el ordenador portátil me dijo “oye, que me apago”. Me puse a buscar el cargador en el bolso, y no lo encontré. Me dio un buen ataque de risa cuando caí en la cuenta de que me lo había dejado enchufado en el rincón aquel donde había estado trabajando. No me preocupé en absoluto; aquello era Suiza, la gente no iba robando cargadores de ordenador. Además, solo estábamos Liza y yo, y me había marchado a diez minutos de cerrar. Estaba convencida de que ella me lo habría guardado al recoger y darse cuenta de mi despiste. Por si a alguien le interesa, el ordenador se me apagó a cinco minutos del final, así que lo vi en el teléfono, en uno de estos portales de visionado de películas on-line.

Así que el martes llegué y me recibió alguien a quien, no sé por qué, identifiqué como la dueña de Bubbles, y nada más mencionar la palabra “cargador” ella se rió y me contó que Liza lo había guardado para mí, y que en ese momento estaba en la parte de abajo. Que le daría un saludo de mi parte, y yo le dije que pensaba quedarme a trabajar. Escogí un rincón en la esquina contraria a la de la vez anterior (me gusta mirar los sitios desde todas sus perspectivas), y ella me preguntó qué me apetecía. Le dije que té. Qué sorpresa, ¿verdad? Me ofreció servirme un fresh tea, que resultó ser agua hirviendo con hierbabuena, miel aromatizada con especias y una galletita. Bubbles, tienes mi corazón y mi amor eternos. Palabra de honor.

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Apareció Liza, y en ese momento, al verla sonriéndome y hablándome, me vino el pensamiento de que quizás fuese ella la misma camarera que me atendió el primer día que vine. “¿Estás lista para la tarta de queso?”, me preguntó. Yo le respondí que esperaría un poco, porque acababa de comer, pero que desde luego me reservase un pedazo. Ella volvió a reírse. El trozo llegó, ella misma me lo sirvió, y al poco sacó tres tartas al mostrador para que se enfriasen y luego cortarlas para ponerlas en el refrigerador con las demás. “Aquí tienes la prueba de que son caseras”, broméo. Me dejó hacerles una foto para el blog, porque le hablé de él, así que abajo tenéis las tres preciosidades que estaban inundando la cafetería con su exquisito perfume.

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Doradas como el sol, decidme si no se os hace la boca agua

Ese día me decidí por la clásica, y creo que me gustó incluso más que la de plátano con chocolate, y eso que en mi cerebro esa combinación siempre resulta ganadora. Pero estaba tan suave, cremosa y en su punto exacto de frío, que me enamoró. Además esas tartas tienen una cantidad generosa de galleta, lo que yo como consumidora considero necesario e importante.

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No tiene nada que ver, pero dejo una foto de los cartelitos de los baños, simplemente porque me hicieron mucha gracia. Desde luego, son originales. Y baratos.

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Caballeros – Damas

El último de mis desayunos en ese viaje a Zurich no fue en ‘Bubbles’, porque las circunstancias laborales no lo permitieron, pero el antepenúltimo sí, desde luego. Le había prometido a Liza que iría a probar un súper desayuno, y casi podríamos decir que había “quedado” con ella, porque me dijo que estaría en la cafetería a partir de las 8:30. Yo tenía una reunión a las 10:45, así que me pareció más que justo desayunar a lo grande y despedirme del que se había convertido en mi sitio favorito de Zurich.

Llegué y casi podría decir que el local estaba esperándome. Liza ya tenía preparado el té con leche para mí, que me trajo al mismo tiempo que la carta y, aunque estaba en alemán, me recomendó que probase el “desayuno típico suizo”, que básicamente consistía en café o té, dos tostadas (apunte: a mí ella me puso cuatro, pero quiero pensar que fue en un acto de amistad), un croissant calentito, mantequilla y mermelada casera, cuatro trocitos de queso, además de un zumo de naranja que por 2.5 francos adicionales podía ser recién exprimido. Si no, pues era de bote. Abajo la foto de la obra maestra.

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Soy una gran amante del queso, me encanta, así que disfruté como una enana. Lo único que no estaba bueno era el zumo de naranja, de cartón, pero qué esperar si no pagas el suplemento de 2,5 francos que me pedían. Yo desayuné bien, diría que desayuné demasiado. Para el resto de la mañana no me hizo falta más que una botellita de té que me ayudase a digerirlo, porque parece ser que, como es costumbre en el norte de Europa, se toman el desayuno muy, pero que muy en serio. Aunque también es verdad que la cantidad de gente a la que vi pedir croissant+café a lo largo de todos esos días fue considerable. Imagino que no tienen demasiado tiempo o que en realidad ese desayuno solamente es típico para engañar a los turistas hambrientos como yo. Con todo, me gustó mucho.

Ese día, y gracias a una cosita bastante curiosa que pasó con el hilo musical (eso lo cuento aquí), pude conocer a gran parte de los empleados de Bubbles, que estaba allí esa mañana. Me despedí de ellos y me hicieron prometer que volvería al mes siguiente, que ellos estarían esperándome con mi mesita de la lámpara reservada, en el rincón.

La verdad es que pienso regresar, desde luego. ¡Me quedan dos tipos de tarta de queso por probar y todavía no he pedido el “desayuno pirata”!

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

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El queso suizo se transforma en toscano con vinagre balsámico

Normalmente cuando una viaja no quiere pensar que es la típica turista que se mete en los restaurantes típicos en las plazas principales de las ciudades, que está dispuesta a pagar el importe exagerado que tienen escritos los menús y, en general, a la que cualquier espabilado tima con cosas que son “típicas” de allí donde está. Quizá sea lo bueno de viajar en grupo internacional, que las posibilidades de que te metan la canasta (aquí una fan del baloncesto) se reducen. Esto fue justamente lo que nos pasó a tres personas en Florencia, una tarde-noche de septiembre, mientras buscábamos un lugar donde brindar por futuros proyectos con una copa de vino que no superase las tres cifras en el precio.

Éramos tres mujeres de entre 25 y 42 años. Una suiza, una brasileña-italiana y una española, servidora. Parece un chiste, y desde luego la aventurilla tuvo su gracia.

El caso es que íbamos buscando un lugar donde “tomar algo”, esa maravillosa expresión que comprende desde una CocaCola hasta una cena de tres platos, postre y copa. Pero no queríamos nada demasiado turístico, ni demasiado caro, ni demasiado cutre. Por si el lector no conoce Italia, allí son típicos los aperitivi, que consisten en un buffet confeccionado por cada restaurante y una bebida, generalmente no alcohólica, por un precio bastante razonable. Suelen servirse a partir de las 19:00, y suelen tener un importe establecido que se paga al entrar al local, y luego se puede consumir lo que se quiera. Nosotras íbamos buscando algo así. Y dimos bastantes vueltas. Yo no podía sino acordarme de un bar con cristalera que habíamos cruzado antes, en una excursión al supermercado, y lo bien que estaríamos allí con aire acondicionado. A pesar de ser septiembre, hacía mucho calor en Florencia. Pero mucho calor. Lo que se entiende por mucho calor.

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Caminando íbamos por la Via dei Tavolini cuando una de nosotras tropezó, literal, con la diminuta terraza de la Cantinetta dei Verrazzano. Digo diminuta porque solo cabían dos mesas de dos personas, tres apretadas como mucho. Y nos gustó el establecimiento y pensamos: “¿y si nos quedamos aquí?”. Encontrar la entrada fue gracioso, porque el local está dividido en dos partes. La entrada es una tienda al uso de comida para llevar, dulce o salada. En la parte de al lado, donde estaba la terraza, un pasillo con cuatro mesas era el “restaurante”, si se puede llamar así. Pero en lo que realmente estaba especializado el lugar era en vinos; habíamos encontrado una vinoteca.

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La entrada y el mostrador de comida para llevar. La fotografía no es mía, la he sacado de Google Imágenes.

El sitio era bastante bonito, y el hecho de que fuese tan pequeñito a mí me gustó. Además había una pareja de italianos cuando llegamos nosotras, lo que interpreté como una buena señal. Siempre hay que ir a donde vayan los locales, es una de las cosas que me enseñó mi padre. Mis acompañantes pidieron sendas copas de vino y yo, que no quería beber alcohol, pedí un té frío (qué raro en mí), que resultó que hacían ellos mismos. Que igual era mentira y me lo pusieron de bote, pero una de las cosas que me gusta de los tés helados fuera de España es que realmente saben a té, y no a azúcar.

Pedimos una pequeña “selección” de focaccias, aconsejadas por el maître -que, por cierto, fue encantador en todo momento-, de lo que no tengo foto porque en aquel momento me dio un poco de vergüenza sacar el teléfono. Pero después nos entró algo más de hambre y dedujimos que nos íbamos a quedar allí, descartando el plan inicial que era tomarse una copa y cenar en alguna otra parte. Así que como las tres éramos-somos grandes amantes del queso, el maître nos recomendó una selección de quesos toscanos, que así dicho sonaba fenomenal. Abajo la foto, ahí no pude resistirme de lo bonito de la presentación.

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Nos sirvieron tres tipos diferentes de quesos, con mermelada de naranja confitada (o algo así, mi italiano no es muy bueno), y una especie de confitura de zanahoria, diciendo que ambas iban fenomenal con el queso. No me pidáis que recuerde los nombres, imposible. El caso es que delante de nosotras el maître roció el queso del medio, ese que tiene forma de flor, con unas gotas de vinagre balsámico, que personalmente me encanta, diciendo que aquello era “una especialidad toscana”.

Recuerda el lector que he dicho que una de mis acompañantes era suiza, ¿verdad? La otra no lo era de nacimiento, pero se había criado allí y digamos que conocía bastante bien la cultura y, sobre todo, la gastronomía. Resulta que el queso que parecía una flor no era toscano, sino suizo. Se llama tetê de moine, cabeza de monje, porque tiene el mismo aspecto que la tonsura que lucen los religiosos en la cabeza. Se corta en láminas circulares muy finas que al depositarlas en una superficie adoptan esa bonita forma florar. Allí estábamos las tres partidas de risa, ellas más que yo, mirando el queso y al camarero alternativamente y murmurando: “queso toscano, claro”.

No le dijimos nada, qué va. Nos comimos muy a gusto el queso con el pan y las mermeladas. Con la de naranja aquello estaba exageradamente bueno. Y el vinagre balsámico le iba muy bien al “pelado de fraile”, para qué nos vamos a engañar.

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El sitio estaba muy bien. Nada caro si tenemos en cuenta todos los factores: está en Florencia, junto a la Piazza della Signoria (donde está el David y el Palazzo Vecchio), es una vinoteca y no un restaurante, y encima para nada “turístico”. A mí me gustó, y tal vez por tratarse de un local especializado en vinos y encurtidos, el servicio fuese un poco “mejor”, en el sentido de que el camarero estuvo muy servicial y explicándonos cada cosa punto por punto. Al final salimos cada una por 10€, si no recuerdo mal, y entre las focaccias y los quesos, qué queréis que os diga, yo me fui contenta.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

En el Hotel Biber de Zurich nadie lleva gafas

En septiembre pasé unos días alojada en el City Backpackers / Hotel Biber de Zurich, y la verdad es que me gustó. Las causas que me llevaron allí fueron profesionales, lo que quiere decir que la estancia estaba pagada y previamente reservada para mí. Una compañera me había hablado del sitio vagamente, pero digamos que mi conocimiento previo era nulo. Llegar fue bastante sencillo, porque está en Niederdorfstrasse, que es una peatonal donde se pueden encontrar todos los restaurantes de Zurich juntos. Además de varios clubes de cabaret, por si a alguien le interesa. Parece que en ese sentido son bastante liberales, los suizos.

La entrada al Hotel Biber (que, por cierto, significa “castor”) no está exactamente en el nº 5, que es lo que dice en la web. Está en un callejón contiguo a Spaghetti Factory, que es el restaurante por el que se accede.

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A la izquierda, el callejón con la puerta de entrada

No, no es una broma. Si escribo que al hostal se accede por el restaurante, es que es así. Concretamente, por la parte de atrás de las cocinas. Para subir hasta la recepción (en un momento volveré con el asunto de subir) hay que pasar primero por los dos niveles del Spaghetti Factory por detrás, que son los dos pisos que tienen ocupadas las cocinas. En varias ocasiones me encontré con alguno de los empleados, y siempre tenían la sonrisa puesta. Un chico gordito de Sri Lanka me aseguró, una vez, que aquella noche lo tenían todo lleno y que sería un milagro si se iban de allí a la hora que les correspondía. Si os quedáis allí y veis a los chicos y chicas de la cocina del Spaghetti Factory, hacedlo por mí, sed amables y saludadles siempre. Por experiencia propia os digo que trabajar en hostelería y específicamente en cocina es muy parecido al infierno, un trabajo absolutamente agotador. Así que, como dicen mis amigos angloparlantes, show some love para estos muchachos y muchachas, que la amabilidad no está pagada.

Decía antes que hay que subir hasta la recepción, que está en el cuarto piso. Efectivamente, estamos hablando de un hostal construido sobre un restaurante y al que se llega a través del backstage de una cocina. No esperéis encontrar un ascensor. Cuando lleguéis con la lengua fuera hasta el “2. Stock”, os encontraréis una sala pequeña con unas mesitas, una máquina expendedora… ya sabéis, estas cosas que suelen tener los hostales. Y dentro, a la derecha, está recepción. Se paga en el momento en que llegas, después de rellenar un par de datos en una ficha que ellos de dan. Tienen habitaciones desde el tercer (esto es, uno por debajo de recepción) hasta el sexto piso, todos con el cartel de “Stock” pintado en la puerta.

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El “biber” en cuestión

Personalmente yo tenía reservada una habitación individual, y no estaba nada mal. Una cama doble para mí sola, un armario con un curioso sistema de cierre circular, una cómoda de tres cajones, una ventana bastante grande y, lo más gracioso de todo, una pila pegada a un trocito de pared, con su correspondiente espejo-armarito y dos colgaderos para toallas. Exacto, como las de las prisiones. Al principio el detalle me resultó un poco tétrico porque, bueno, aquello se suponía que era un hostal, no una cárcel, pero luego descubrí lo útil que puede ser tener la pila y el espejo a literalmente un paso de donde duermes. Por ejemplo, te puedes lavar los dientes sin que te dé pereza desplazarte -yo soy una histérica de la higiene bucal y nunca se me olvida, pero oye, aquí para todos los casos-; o puedes asearte tranquilamente, ponerte tus cremas o desenredarte el pelo, sin necesidad de incomodar a los demás usuarios de los baños del hostal. No es exclusivo de las mujeres, para afeitarse también viene de maravilla.

Porque ese es el siguiente punto de la lista, los baños. Hay uno por cada planta, con dos urinarios independientes pero sin cerramiento total, así que la privacidad para hacer ciertas cosas no es excesivamente alta, lo digo para que lo sepáis. Además, cada baño tiene dos duchas-cabina como las de la foto.

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Parece que me la haya sacado de un transbordador espacial, pero es verdad, estas son las duchas. Que no os engañe su aspecto, en realidad son una gozada. Si sois exquisitos, llevaos chanclas, pero el nivel de limpieza es muy alto. La presión es suficiente, cosa que a mí me parece fundamental; me da muchísima rabia ducharme y que el agua salga describiendo una parábola perfecta en lugar de una línea recta. La temperatura puede regularse y además funciona, y os aseguro que tener agua calentita sobre la piel cuando fuera hay 12º o 3º es muy agradable. Lo malo es el espacio. Solo hay una percha y un toallero para colgarlo todo, además de una balda pequeñita, que se asoma en la fotografía. Mi solución fue llevarme únicamente la llave, la toalla y el gel+champú en la mano, y volver vestida con los pantalones del pijama y una camiseta de esas que pone Pinturas Manolo. Me apañaba tranquilamente en mi pila carcelaria privada, así sin dar la murga a nadie. Nunca tuve problemas para ducharme o usar el baño porque estaban ocupados. El Hotel Biber no tiene demasiadas habitaciones, lo que hace que la vida sea más cómoda cuando se trata de asuntos higiénicos.

Como comentaba, del tercer al sexto piso están los cuatro “Stock” que pertenecen al hostal. Pero tiene un piso más, donde desde mi punto de vista está la joya de la corona, y además el placer escondido que hizo que yo terminase de enamorarme del lugar: la terraza.

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No me digáis que esa vista y ese cielo no valen sus siete pisos sin ascensor. Para mí los valen, desde luego. La terraza no es demasiado grande, pero tiene dos mesas de esas de merendero o camping, de madera. Además tiene esas adorables luces enredadas en las barras de metal, que la verdad es que no sé si se encienden, porque no tuve la oportunidad de subir de noche. Cuando vuelva os lo averiguo. Por sorprendente que parezca, esta terraza siempre estaba vacía. Nunca me encontré a nadie allí, siempre estaba yo sola. En otra vida debí de ser una cigüeña, porque me apasionan los lugares altos y los tejados, así que en este bonito rincón comí, trabajé y leí muchas veces, a menudo en compañía de botellitas de té frío como la que veis en la fotografía (ya sabéis que tengo una pequeña obsesión con ellas, y con ponerles mis gafas de sol en un intento de creerme graciosa).

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El hostal, como suele ser en casi todos en los que yo me he alojado, está regentado por gente joven que habla inglés, alemán, francés, italiano y hasta se atreven con el español. Son muy simpáticos y no tienen problema en resolverte cualquier duda. Al menos, aquellos con los que yo traté. De hecho, la chica que me atendió cuando llegué me ofreció hasta otra almohada, por si con una no era suficiente. No ofrecen desayuno, pero tienen un convenio con el café Henrici, uno de los más famosos de Zurich, así que puede sacarse un desayuno decente por un precio bastante razonable.

Lo único malo, desde mi punto de vista, es una discriminación total hacia las personas que llevamos gafas. No se ría el lector, estoy hablando muy en serio. Volvamos a la descripción previamente realizada de la ducha. Dije que al otro lado de la cortina solo hay un toallero y una percha. ¿Dónde demonios se supone que voy a dejar las gafas mientras me estoy duchando? Normalmente uso lentillas, pero ¿y si no me apetece ponérmelas ese día o simplemente no las tengo? Conozco muchas otras personas usuarias de miopía y astigmatismo que no tienen lentes de contacto, ¿me quieren explicar los del Biber dónde narices dejamos las gafas al ducharnos? ¿En el suelo? Venga, hombre.

Como en esta vida hay que ser resolutiva, abajo una muestra gráfica de lo que se me ocurrió hacer a mí.

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Plegarlas y colgarlas de la percha. Sencillo y efectivo; los cristales estaban impecables antes y después de ducharme. Pero agradecería para próximas reformas del hostal un estante, aunque fuese minúsculo, para dejarlas próximamente. Que tampoco es pedir tanto. Por cierto, eso de la izquierda es la llave de la habitación. Es un botoncito electrónico que activa la cerradura de la puerta al entrar en contacto con ella. Era la primera vez que yo veía algo así y, oye, aluciné por un tubo. Estos suizos, que nos llevan años de ventaja, pero luego son incapaces de colocar una balda de plástico de Ikea para que una deje sus gafas cuando se ducha.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura