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Cosas curiosas: Pablo Alborán en Zurich

En este Starbucks de la calle Rindermarkt 1 de Zurich pusieron una canción de Pablo Alborán, Solamente tú.

Y a mí me hizo mucha gracia.

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Yo estaba a mis cosas cuando en un momento salí del baño y empecé a escuchar: “tú y tú, y tú, y solamente tú”, y pensé “oye, que a mí esto me suena”. Y es que tengo la mala costumbre de creerme que lo que se escucha en España no sale de ahí, y que es lo normal. Como si la música no fuera deliciosamente mundial. Por eso igual también me resulta extraño estar en Venecia y escuchar International Love de Chris Brown y PitBull en una cafetería cualquiera, o estar en Florencia y que suene por la radio Shut up and dance de Walk the moon.

A veces soy muy músico-nacional-egocentrista. Si yo escucho lo que canta Baby K en Italia, ¿por qué no les va a gustar Pablo Alborán a los suizos? Ahora, como poco fue sorprendente. El día menos pensado me ponen Tu calorro de Estopa, y me arranco a bailar.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

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Cosas curiosas: Bailes nocturnos en Zurich

Había salido en busca de un restaurante vietnamita, Pho Vietnam, porque esa noche echaba mucho de menos a alguien y se me antojó cenar pho en su honor, para recordar la cantidad de noches que lo compartimos. A pesar de que para el horario español las 20:00 no se puede considerar “tarde”, en Europa ese es el momento en que los amigos se reúnen para empezar a tomar copas o, si se tercia, directamente salir de fiesta.

Caminaba hacia el cruce de la fotografía, por Uraniastrasse.

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En ese momento el semáforo estaba rojo para los coches, y un mini rojo con las ventanillas bajadas dejaba escapar una música a todo volumen, electrónica. Los chicos y chicas de dentro iban con los brazos en alto, sacándolos por las ventanas, cantando y bailando. Cuando estuve lo bastante cerca, el semáforo se puso en ámbar para los peatones, así que me detuve. Entonces uno de los chicos me señaló con las dos manos y me gritó: “dance, dance!”

¿Y yo qué hice? Por supuesto levantar los brazos y bailar, hacer un par de movimientos idiotas mientras los del Mini me vitoreaban y me aplaudían. Nos dijimos adiós con la mano y su música dejó de mezclarse con la mía. Sonaba My songs know what you did in the dark, de Fall Out Boy. Eso en mi reproductor, en el suyo no sé qué era. Electrónico, R&B, pachanga de fiesta; cualquier opción es válida.

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El caso es que siempre que os lo pidan, tenéis que bailar. Anda que no es divertido.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

El internet-café fantasma y el hotel de cinco estrellas

Tengo una habilidad especial para que me pasen cosas absurdas, extrañas, inverosímiles y sorprendentes. Y en alguna que otra ocasión, todos esos calificativos se juntan en una misma situación. Esto fue precisamente lo que me ocurrió un 13 de septiembre en Zurich, Suiza; cada cosa que leas, lector, es absolutamente cierta y no tiene ni un ápice de fantasía añadido. Espero que cuando termines este post te preguntes, como me pregunto yo, ¿pero cómo hace esta chica para meterse en estas historias?

Por motivos profesionales, me vi necesitada de un lugar con internet donde trabajar, que a ser posible tuviera una mesa y una silla y una carta de tés no excesivamente cara para tratarse de Zurich. El hostal (repetimos: hostal, manténgalo el lector en la mente, que es importante) donde me estaba quedando solo tenía una pequeña sala con dos mesillas, no demasiado cómodas, y carente de luz natural. Vamos, que no era el sitio idóneo para pasarse trabajando unas dos o tres horas. Así que busqué en Google Maps algo tan sencillo como “internet café” y resultó que había uno a cinco minutos a pie de donde me alojaba, justo al lado de un parking, por lo que era fácilmente localizable. Me metí en su página web y comprobé que, en efecto, la carta no resultaba demasiado desorbitada y, por qué no añadirlo, el sitio era bastante mono, decorado en color rojo y con cristalera. Soy fanática del color rojo. Bueno, eso era lo que me enseñaban las dos fotos que alguien había colgado en Yelp. Con buen humor, el bolso en un hombro y el portátil en su funda en el brazo contrario, salí del hostal para encaminarme a este lugar. En mi inseparable compañero de viajes musical sonaba Transitions, el último disco de Will Robert.

Llegar al parking no me costó demasiado tiempo, y de hecho vi la señal que aparece abajo, en la fotografía.

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Bueno, al menos sabía que había ido en la buena dirección. Me metí dentro del parking, porque según las fotos era precisamente en la primera planta donde se encontraba la entrada, y allí no vi más que un local, efectivamente con cristalera, que estaba cerrado. Eso para empezar. Sin embargo, el sitio no tenía ningún cartel que dijese “internet café”, sino “Focaccie”, así que deduje que la cafetería real estaría tal vez dentro, y que aquello era solamente un puesto de comida para llevar. Me metí en el aparcamiento siguiendo un camino lleno de anuncios de ropa, pensando que iría a parar a alguna especie de galería comercial, y lo que me encontré fueron los coches y las plazas, nada más. Volví a salir, di otro par de vueltas alrededor del sitio cerrado y concluí que tal vez la dirección se refería a que estaba junto al parking, y no dentro. Eché a andar por la calle y pasé debajo de unos grandes arcos sobre los que estaba la carretera, pero al avanzar no encontré más que un restaurante muy pijo con terraza toda dispuesta y una braserie.

Decidí preguntarle a una señora mamá que caminaba con su niña. La chiquilla era, por cierto, guapa hasta decir basta. Le pregunté si no sabía de un internet café cerca de allí, porque ya había dado por sentado que la reseña de Yelp tenía que ser vieja y que aquel café del letrero no existía más. No era ningún drama, podía pasar sin una cafetería de color rojo y cristales. La señora al principio me dijo que lo sentía, pero que no recordaba ningún local así. Empecé a despedirme, cuando de repente se acordó que de sí había un internet café cerca, y me señaló el aparcamiento del que yo acababa de salir. Intenté no arquear demasiado la ceja. Le comenté que ya había estado allí y que el local de cristal estaba cerrado, pero ella me aseguró que el café que ella decía nunca cerraba, que seguro que estaría abierto. Le pedí entonces indicaciones. Cabe señalar que yo no hablo alemán, ni suizo-alemán, ni francés, y que el inglés de mi interlocutora tampoco era el mejor del mundo. Me señaló el cartel rojo que yo había visto y me dijo “tienes que subir, por las escaleras”. Le di las gracias y pensé que aquella era la última oportunidad que le daba. Si no lo encontraba, volvería sobre mis pasos y me metería en el primer Starbucks que me saliese al paso, me importaba un carajo gastarme cincuenta francos en un té. Recuérdese que de verdad necesitaba tener acceso a internet.

Llegué al pie del letrero otra vez y, mira por dónde, encontré unas escaleras. Pero no iban hacia arriba, sino hacia abajo. Quizá la señora se hubiese equivocado. Bajé un par de escalones y automáticamente pensé “esto no es una buena idea”. Una imagen dice más que mil palabras.

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Una de muerte y destrucción con doble de orines, gracias.

Ni de coña pensaba meterme ahí abajo. Pero vamos, ni en mis mejores sueños, ni harta de vino. No, no, no. Sin embargo, la mezcla del espíritu aventurero que tengo, sumado a la necesidad de internet, a lo idiota que soy a veces y que abajo había dos puertas, me convencieron para echar un vistazo rápido. Tal y como vi que las puertas eran salidas de emergencia, me di la vuelta. Aquello olía a orines que daba gusto. Volví a subir, con la cabeza un poco cargada, y entonces pensé que tal vez el café estaba de verdad dentro del aparcamiento. Había visto unos ascensores, lo mismo era que se subía a la galería comercial imaginada por allí.

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No hablo alemán, pero deduje que “ausgang” es “salida”. Soy brillante.

Subí al cuarto piso y tal cual volví a pulsar el uno. Allí no había más que coches y plazas vacías. Me vino la inspiración cuando descubrí que en el lateral de la edificación había unas escaleras de hormigón que conducían a lo que parecía ser una terraza. Recordé las palabras de la señora y me regañé por no haberle hecho caso desde el principio; ella había dicho “por las escaleras”. Subí con ánimo. ¿Y qué había arriba?

Nada. La calzada, ya está. Dije unas cuantas palabrotas mentalmente, pero me reí. Apareció un gato precioso con una cinta roja atada al cuello, y me dediqué a seguirlo porque me apetecía mucho sacarle una foto. No conseguí la mejor imagen, pero por lo menos lo atrapé con el objetivo de mi teléfono. Me acordé de la película de Studio Ghibli Haru en el reino de los gatos, donde la protagonista termina en un mundo fantástico después de seguir a un ejemplar blanco y gordo por las callejuelas de su ciudad. Lo mismo me pasaba algo parecido.

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No me pasó absolutamente nada, más que determiné que a la porra, ese internet café no existía y les iba a escribir a los de la página web para que, una de dos, o diesen instrucciones precisas de cómo entrar en el condenado sitio o se dieran de baja, porque estaba claro que le habían cambiado el nombre y ahora vendían focaccias para llevar. No estaba especialmente enfadada, pero de verdad me urgía tener acceso a wi-fi, así que empecé a volver sobre mis pasos y justo al pie de la escalera de hormigón se me cruzó un chico que parecía sacado de la película Tiana y el sapo, por el color de la piel y cómo iba vestido. Sonaba Increíble, de Sharif. Lo detuve muy amablemente para preguntarle, por favor, si sabía de algún internet café cerca de allí. Ya no estaba pensando en el del aparcamiento, a ese le podían dar morcilla tranquilamente. En un primer momento me dijo, con una sonrisa de disculpa, que él no era la persona más indicada porque se acababa de mudar a Zurich, y me dijo que en la siguiente calle había un Starbucks, si no recordaba mal. Le di las gracias y ya estaba por irme cuando me dijo que, en realidad, había otro sitio un poco más decente donde él iba a menudo, pero que era un poco caro. Bromeamos diciendo que todo era caro en Suiza. Se ofreció a caminar conmigo hasta allí, y aunque al principio le dije que no se molestase, que estaría bien, terminamos andando por la calle como el punto y la i, porque yo no soy especialmente bajita, pero mi nuevo conocido mide más de dos metros.

Así conocí a Weston, originario de Nueva York y músico, toca el trombón. Estaba en Zurich porque él y la orquesta donde tocaba iban a actuar durante esta temporada en la Opernhaus Zürich, y me contó que ya había trabajado muchos años en la Metropolitan Opera de NY. Le dije que a mí me gustaba mucho la música y el jazz, y me ofreció acudir a alguna de sus actuaciones. Le dije que no iba a quedarme tanto tiempo, pero que seguramente volvería, y entonces intercambiamos los correos para mantenernos en contacto. Aquí hubo otra broma porque yo le dije que acababa de conocer a una music celebrity, y él se rió. La verdad es que fue muy agradable. Me acompañó hasta lo que desde fuera parecía (ya verá el lector por que utilizo este verbo) un restaurante bien avenido, con terraza con sombrillas y tal, y una fachada interesante con un carnero. Le di las gracias, nos despedimos, y me metí dentro.

Salió a recibirme un maître trajeado y yo le pregunté si sería posible quedarme en una mesa pequeñita porque necesitaba internet para trabajar, y era obvio que estaba casi todo dispuesto para empezar a servir la comida a los posibles clientes (en Europa, que se come muy pronto). Él me respondió que tenían otra sala donde podría trabajar más tranquila, y me preguntó si era cliente del hotel. Aquí fue donde me saltó la primera alarma. ¿Qué hotel? Caminé con el hombre por unos pasillos impecables hasta una terraza que abajo se muestra. Allí me dejó con otro joven, de camisa y sonrisa tímida, que me dijo que escogiese cualquier mesa, que él estaba a mi disposición y que si quería tenía disponible un buffet de sandwiches y snacks a la vuelta de la esquina. Me empezó a entrar un peligroso ataque de risa que tuve que controlar. Le dije que me haría falta un enchufe y él me acomodó en la Biblioteca del hotel. Muy amable, me preguntó qué podría ofrecerme para beber. Yo, que ya estaba viendo una factura de más de tres cifras, le dije que si tenían un té frío me bastaba. Me respondió que ellos mismos hacían su selección de tés, y volvió con la bebida y una tarjetita donde estaba escrita la contraseña del wi-fi.

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La terraza (eso gris de la izquierda es una pared-cascada)
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La biblioteca
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El té casero y las almendritas con cuchara

Nada más acceder a internet metí en el buscador “Widder Hotel“, y me tuve que aguantar las carcajadas. Estaba dentro de un hotel de cinco estrellas justo en el centro de Zurich, en pleno casco histórico, acomodada en la biblioteca, con un cóctel de esos que solo había visto en revistas y escribiendo sobre el brazo del sillón, porque si no, no me llegaba el cargador del portátil al enchufe. Yo, que me estaba alojando en un hostal que tenía una pila pegada a la pared de la habitación, al más puro estilo carcelario, estaba consumiendo wi-fi y té frío de un hotel de cinco estrellas. Yo, que para acceder a mi habitación del hostal tenía que subir hasta un quinto sin ascensor, maleta arriba-maleta abajo, estaba en un edificio del siglo XIX, restaurado y convertido en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, y pijo como la madre que lo parió. Un hotel donde las habitaciones “económicas” cuestan la friolera de 635 francos suizos (más de 700€) la noche. No sabía cómo me habían dejado entrar a mí en un sitio así, con hilo musical de jazz, luces tenues y flores por todas partes. No es que yo fuese una zarrapastrosa, pero desde luego llevaba una chaquetita vaquera y el ordenador metido en una funda de Sanofir Pasteur MSD, que es un medicamento (cosas de propaganda que los padres de una, que son médicos, le consiguen). Es decir, que mi pinta era normal, extremadamente normal. Pero allí estaba. El té estaba buenísimo.

La risa me volvió a dar cuando a los treinta minutos me llegó un correo de Weston, muy simpático, deseándome buena suerte y esperando que pudiese acudir a alguna función. Además me decía que si alguna vez volvía por Zurich y quería tomar un café, que le avisase. Aquello era ridículamente divertido. Me reí tanto que me costó concentrarme en lo que de verdad era importante en ese momento, el motivo real de que yo hubiese terminado allí metida.

Hice lo que tenía que hacer, me bebí el té y dejé que se me escapase una risilla cada vez que miraba a mi alrededor y pensaba “¿pero esto está pasando de verdad?”. Cada vez que un empleado del hotel pasaba por mi lado le respondía con un “hola”, en el tono más dulce y agradable que podía usar. Además, dos japoneses (posiblemente clientes) me saludaron muy amablemente y yo adopté una pose digna de Isabel Presley en su casa de campo, cuando recibe a sus invitados con esa pirámide de Ferrero Rocher. Fingí ser fabulosa un rato, porque la situación era tan absurda que había que aprovecharla. El chiste no se acaba ahí. A mitad de trabajo me entraron ganas de ir al baño y dejé mis cosas en la biblioteca con algo de apuro. No porque me fuesen a quitar nada, qué va. Es que me seguía dando risa. Cuando entré en el servicio, casi sin hacer ruido porque me sentía algo culpable (esa sensación de “yo no tengo que estar aquí”), terminó por explotar lo gracioso del asunto, ahí una prueba gráfica del maravilloso baño.

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Lo gordo es que no solo me entraron ganas de hacer pis, sino de alguna que otra cosa que no queda bien por escrito. Dejé que mi cuerpo siguiese su instinto natural y volví a la biblioteca partida de risa, pero pisando sobre las puntas para que los botines que llevaba no retumbasen contra los escalones de metal.

Antes de marcharme, le tomé una foto a un carnero tallado en el seto que tenían en la terraza, porque “Widder” es “Aries” en alemán. Después de sacarla me tropecé con una silla metálica, hizo un ruido terrible, casi me caigo y el chico de las gafas que me había servido el té vino corriendo para ayudarme a no abrirme la cabeza contra los escalones. “¿Se encuentra usted bien, madame? Si quiere le pedimos un taxi para que la lleve a su hotel”. Y cargarme la esfera de glamour en la que me había envuelto en esas últimas dos horas. Ni hablar.

Me tocó pagar por donde había entrado, esto es, la parte del restaurante, y al final resultó que el té solo costaba 6 francos suizos, que son unos 7€. Es abusivo para un vaso de té en España, pero ya os digo que no es para tanto teniendo en cuenta que estaba en un hotel de cinco estrellas en pleno casco histórico.

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Volví a mi habitación en un quinto sin ascensor, con la pila pegada a la pared igual que en las prisiones, y mientras me comía una de las chocolatinas de Sarah, me eché a reír tan fuerte y tan a gusto que hasta se me saltaron las lágrimas. A veces me pasan cosas endemoniadamente raras.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

El viaje que inspiró este blog

La tarde del 12 de septiembre cogí un avión de Florencia a Zurich que iba a cambiar mi vida. No se trataría de un cambio radical, de un giro de 180º o de uno de estos episodios trascendentales en los que una se encuentra a sí misma en un espejo y se muere de miedo con lo que ve. Ni me cambié de confesión ni de acera, ni me rapé el pelo, ni cometí un asesinato. Pero la vida me ha enseñado que a veces los cambios más importantes no son “grandes” a ojos de los demás.

Como buen espécimen del siglo XXI que soy, el primer pensamiento que me cruzó la mente cuando me senté al lado de la ventana fue: “por favor, que haya suerte y no se siente nadie más a mi lado”. Algún día hablaré más detenidamente sobre esta aversión a la compañía que mi generación ha desarrollado, porque no me siento especialmente orgullosa de padecerla. Pensé, pues, que ojalá hiciese sola el trayecto. No es lo más frecuente en los aviones, pero alguna vez que otra he tenido la ¿suerte? de hacer el viaje sin compañía. Y desgraciadamente siempre espero que suceda de nuevo. Después caí en la cuenta de que estaba sentada junto a la ventana, cuando yo siempre he sido una persona más de pasillo que otra cosa, pero puesto que me pagaban el viaje no iba a protestar.

Se sentó una chica, por supuesto. Pero fue un ser humano que catalogué como “tolerable” por el simple hecho de la enorme sonrisa que me dirigió, y porque iba acompañando a una señora mayor que podía ser su abuela o su señora al cargo. El hecho es que la naturalidad de su personalidad saltaba a la vista, y además tenía unos ojos risueños, una mirada divertida y una sonrisa bonita. Me inspiró confianza. No obstante me coloqué en las orejas el elemento aislante por excelencia: los auriculares. Y me dediqué a pensar en qué precioso estaba el atardecer desde allí, el sol rojo de la Toscana entre la nubes rosadas y naranjas. Me dieron muchas ganas de sacar el teléfono y ponerme a hacer fotos, cual japonesa perdida en el Prado, pero la verdad es que me pudo la vergüenza y me dediqué a archivar aquella belleza en el carrete de mi memoria.

El avión despegó y sonaba en mi reproductor We won’t let go, de Black Stone Cherry. Soy de la opinión de que la música acompaña los momentos, a veces con exquisita precisión. No sé qué sería yo sin este cacharro, que lleva conmigo nueve años o más. Pero ese es otro tema. El caso es que el avión se elevó y atravesamos una nube. Yo ya tenía la cabeza llena de ensoñaciones e historias fantásticas, cuando de repente el avión se colocó encima de la masa nublada que empezaba a cubrir Florencia.

Dejo que las imágenes hablen por sí solas.

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Aquí mandé a la porra la vergüenza y me lié a sacarle fotos al cielo. Era de verdad sobrecogedor, una de las imágenes más bellas que yo había visto, y era real. La foto estaba perfectamente justificada (y avalada por las otras cuarenta personas que, como yo, tenían el teléfono en la mano).

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Superada la emoción del momento, empecé a hacer cosas un poco más decentes, como una lista de las cosas pendientes para cuando aterrizase en Zurich. Como ya he dicho, tenía mi aislante del mundo en las orejas, así que no me di cuenta de que uno de los azafatos venía con una bandeja para regalarnos cosas. Soy española, no estoy acostumbrada a que las aerolíneas me den gratis de comer y de beber, ¿cómo iba a esperármelo? La chica de la sonrisa bonita me tocó en el hombro y yo alargué la mano automáticamente para coger aquel paquetito que me alargaba el azafato. Cuando lo tuve en la mano, arqueé la ceja y pregunté: “¿pero qué es esto?”. La chica rompió a reír, y me sorprendió. La risa también era muy agradable. Me quité los auriculares de las orejas para escucharla; en ese momento sonaba Shadow, de Soja. Me explicó que aquella pieza de bollería era típica de Suiza, y que no estaba mal, en caso de que te estuvieras muriendo de hambre. A mí me parecía un pretzel alemán con un tajo en el medio y untado de mantequilla, pero amablemente dije que lo guardaría para después (a esas alturas ni siquiera esperaba cenar).

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“Made by hand according to local tradition at a regional Swiss bakery”. Ya, claro.

Sin embargo, aquel atropello gastronómico nos sirvió para entablar una agradable conversación. Le dije que la última (y única) vez que yo me había subido en un avión de Swiss Airlines, me habían regalado una pequeña pastilla de chocolate. Ella volvió a reírse y me dijo que no me preocupase, que llegaría, y que me iba a encantar. De hecho, llegó. El azafato nos ofreció la bandeja, yo cogí una chocolatina y ella le preguntó al chico si podía coger dos. Y tal cual las cogió, las puso sobre la mesita de mi asiento y dijo que eran para mí.

Aquí fue cuando yo me deshice en agradecimientos, asegurándole que se había ganado mi corazón para siempre al regalarme chocolate. Ella se reía sin parar. Empezamos a hablar de nosotras, de aquello a lo que nos dedicábamos, de la razón de que estuviéramos unas horas antes en Florencia. Ella había estado una semana de vacaciones con su abuela; su abuelo había fallecido hacía un año y su viuda no lo estaba llevando demasiado bien. Hablamos de lo afortunadas que éramos al tener familias como las que teníamos, y pocos amigos pero bien escogidos. Me derritió el corazón que se fuese de vacaciones con su abuela y me acordé de la mía. Como anécdota graciosa contaré que por la presión se me reventó el bolígrafo en las manos y que tuve manchas azules en los dedos durante dos días. Hablamos de que las nubes parecían algodón de azúcar desde allí. Esta chica de estupendo carácter y ganas de reírse me confesó ser impaciente y choco-adicta igual que yo. Aún así, no me dejó devolverle las chocolatinas. Después de quince minutos, me ofreció darme su contacto, porque ella vive en Berna, y para cualquier cosa que necesitase le podía escribir. Que esperaba con ilusión que lo hiciera. Aquella chica me acompañó hasta la misma salida del aeropuerto de Zurich y me explicó cómo tenía que coger el tren para llegar. Incluso quiso prestarme francos suizos porque no se fiaba de que yo de verdad tuviese.

Se llama Sarah, y nos escribimos a menudo.

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El cambio del que hablaba al principio de este post no fue otro que ella. Sarah, con su naturalidad y sus ganas de reírse, regalándole dos pastillas de chocolate a una extraña, a alguien que no conoce de nada, pero que se sienta a su lado y le sonríe cuando se miran. Eso fue cuanto le bastó a Sarah para ser una persona excepcionalmente amable. Quise interpretarlo como una señal, como un vaticinio de que aquella semana en Zurich saldría bien y que no tenía que preocuparme por nada. Sarah me dio mucha de la paz que Florencia me había quitado, y creo que nunca se lo agradeceré bastante. Las personas con poca sensibilidad pensarán que fue una tía rara. Las personas algo más despiertas tal vez alcancen a pensar que fue maja. Aquellos que tengan el corazón en mi mismo dial de radio sabrán que Sarah fue magnífica, simplemente. Fue natural, y ese es uno de los regalos más maravillosos que, desde mi punto de vista, puede hacernos una persona.

Aquel gesto de amor simpático y gratuito me arregló el día y me ayudó a abrir este blog. Era una experiencia que quería compartir con muchísima gente, quería que todo el mundo conociese a Sarah y que supiese que me había regalado chocolate sin conocerme de nada. Que se había reído como un pajarillo alegre.

Ahora tú, lector, ya sabes el por qué de este blog. De la historia, quizá, puedas sacar tu propia reflexión, moraleja (aunque no creo que la tenga). Yo termino diciendo que la vida a veces es sorprendentemente bella.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura