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El queso suizo se transforma en toscano con vinagre balsámico

Normalmente cuando una viaja no quiere pensar que es la típica turista que se mete en los restaurantes típicos en las plazas principales de las ciudades, que está dispuesta a pagar el importe exagerado que tienen escritos los menús y, en general, a la que cualquier espabilado tima con cosas que son “típicas” de allí donde está. Quizá sea lo bueno de viajar en grupo internacional, que las posibilidades de que te metan la canasta (aquí una fan del baloncesto) se reducen. Esto fue justamente lo que nos pasó a tres personas en Florencia, una tarde-noche de septiembre, mientras buscábamos un lugar donde brindar por futuros proyectos con una copa de vino que no superase las tres cifras en el precio.

Éramos tres mujeres de entre 25 y 42 años. Una suiza, una brasileña-italiana y una española, servidora. Parece un chiste, y desde luego la aventurilla tuvo su gracia.

El caso es que íbamos buscando un lugar donde “tomar algo”, esa maravillosa expresión que comprende desde una CocaCola hasta una cena de tres platos, postre y copa. Pero no queríamos nada demasiado turístico, ni demasiado caro, ni demasiado cutre. Por si el lector no conoce Italia, allí son típicos los aperitivi, que consisten en un buffet confeccionado por cada restaurante y una bebida, generalmente no alcohólica, por un precio bastante razonable. Suelen servirse a partir de las 19:00, y suelen tener un importe establecido que se paga al entrar al local, y luego se puede consumir lo que se quiera. Nosotras íbamos buscando algo así. Y dimos bastantes vueltas. Yo no podía sino acordarme de un bar con cristalera que habíamos cruzado antes, en una excursión al supermercado, y lo bien que estaríamos allí con aire acondicionado. A pesar de ser septiembre, hacía mucho calor en Florencia. Pero mucho calor. Lo que se entiende por mucho calor.

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Caminando íbamos por la Via dei Tavolini cuando una de nosotras tropezó, literal, con la diminuta terraza de la Cantinetta dei Verrazzano. Digo diminuta porque solo cabían dos mesas de dos personas, tres apretadas como mucho. Y nos gustó el establecimiento y pensamos: “¿y si nos quedamos aquí?”. Encontrar la entrada fue gracioso, porque el local está dividido en dos partes. La entrada es una tienda al uso de comida para llevar, dulce o salada. En la parte de al lado, donde estaba la terraza, un pasillo con cuatro mesas era el “restaurante”, si se puede llamar así. Pero en lo que realmente estaba especializado el lugar era en vinos; habíamos encontrado una vinoteca.

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La entrada y el mostrador de comida para llevar. La fotografía no es mía, la he sacado de Google Imágenes.

El sitio era bastante bonito, y el hecho de que fuese tan pequeñito a mí me gustó. Además había una pareja de italianos cuando llegamos nosotras, lo que interpreté como una buena señal. Siempre hay que ir a donde vayan los locales, es una de las cosas que me enseñó mi padre. Mis acompañantes pidieron sendas copas de vino y yo, que no quería beber alcohol, pedí un té frío (qué raro en mí), que resultó que hacían ellos mismos. Que igual era mentira y me lo pusieron de bote, pero una de las cosas que me gusta de los tés helados fuera de España es que realmente saben a té, y no a azúcar.

Pedimos una pequeña “selección” de focaccias, aconsejadas por el maître -que, por cierto, fue encantador en todo momento-, de lo que no tengo foto porque en aquel momento me dio un poco de vergüenza sacar el teléfono. Pero después nos entró algo más de hambre y dedujimos que nos íbamos a quedar allí, descartando el plan inicial que era tomarse una copa y cenar en alguna otra parte. Así que como las tres éramos-somos grandes amantes del queso, el maître nos recomendó una selección de quesos toscanos, que así dicho sonaba fenomenal. Abajo la foto, ahí no pude resistirme de lo bonito de la presentación.

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Nos sirvieron tres tipos diferentes de quesos, con mermelada de naranja confitada (o algo así, mi italiano no es muy bueno), y una especie de confitura de zanahoria, diciendo que ambas iban fenomenal con el queso. No me pidáis que recuerde los nombres, imposible. El caso es que delante de nosotras el maître roció el queso del medio, ese que tiene forma de flor, con unas gotas de vinagre balsámico, que personalmente me encanta, diciendo que aquello era “una especialidad toscana”.

Recuerda el lector que he dicho que una de mis acompañantes era suiza, ¿verdad? La otra no lo era de nacimiento, pero se había criado allí y digamos que conocía bastante bien la cultura y, sobre todo, la gastronomía. Resulta que el queso que parecía una flor no era toscano, sino suizo. Se llama tetê de moine, cabeza de monje, porque tiene el mismo aspecto que la tonsura que lucen los religiosos en la cabeza. Se corta en láminas circulares muy finas que al depositarlas en una superficie adoptan esa bonita forma florar. Allí estábamos las tres partidas de risa, ellas más que yo, mirando el queso y al camarero alternativamente y murmurando: “queso toscano, claro”.

No le dijimos nada, qué va. Nos comimos muy a gusto el queso con el pan y las mermeladas. Con la de naranja aquello estaba exageradamente bueno. Y el vinagre balsámico le iba muy bien al “pelado de fraile”, para qué nos vamos a engañar.

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El sitio estaba muy bien. Nada caro si tenemos en cuenta todos los factores: está en Florencia, junto a la Piazza della Signoria (donde está el David y el Palazzo Vecchio), es una vinoteca y no un restaurante, y encima para nada “turístico”. A mí me gustó, y tal vez por tratarse de un local especializado en vinos y encurtidos, el servicio fuese un poco “mejor”, en el sentido de que el camarero estuvo muy servicial y explicándonos cada cosa punto por punto. Al final salimos cada una por 10€, si no recuerdo mal, y entre las focaccias y los quesos, qué queréis que os diga, yo me fui contenta.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

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El viaje que inspiró este blog

La tarde del 12 de septiembre cogí un avión de Florencia a Zurich que iba a cambiar mi vida. No se trataría de un cambio radical, de un giro de 180º o de uno de estos episodios trascendentales en los que una se encuentra a sí misma en un espejo y se muere de miedo con lo que ve. Ni me cambié de confesión ni de acera, ni me rapé el pelo, ni cometí un asesinato. Pero la vida me ha enseñado que a veces los cambios más importantes no son “grandes” a ojos de los demás.

Como buen espécimen del siglo XXI que soy, el primer pensamiento que me cruzó la mente cuando me senté al lado de la ventana fue: “por favor, que haya suerte y no se siente nadie más a mi lado”. Algún día hablaré más detenidamente sobre esta aversión a la compañía que mi generación ha desarrollado, porque no me siento especialmente orgullosa de padecerla. Pensé, pues, que ojalá hiciese sola el trayecto. No es lo más frecuente en los aviones, pero alguna vez que otra he tenido la ¿suerte? de hacer el viaje sin compañía. Y desgraciadamente siempre espero que suceda de nuevo. Después caí en la cuenta de que estaba sentada junto a la ventana, cuando yo siempre he sido una persona más de pasillo que otra cosa, pero puesto que me pagaban el viaje no iba a protestar.

Se sentó una chica, por supuesto. Pero fue un ser humano que catalogué como “tolerable” por el simple hecho de la enorme sonrisa que me dirigió, y porque iba acompañando a una señora mayor que podía ser su abuela o su señora al cargo. El hecho es que la naturalidad de su personalidad saltaba a la vista, y además tenía unos ojos risueños, una mirada divertida y una sonrisa bonita. Me inspiró confianza. No obstante me coloqué en las orejas el elemento aislante por excelencia: los auriculares. Y me dediqué a pensar en qué precioso estaba el atardecer desde allí, el sol rojo de la Toscana entre la nubes rosadas y naranjas. Me dieron muchas ganas de sacar el teléfono y ponerme a hacer fotos, cual japonesa perdida en el Prado, pero la verdad es que me pudo la vergüenza y me dediqué a archivar aquella belleza en el carrete de mi memoria.

El avión despegó y sonaba en mi reproductor We won’t let go, de Black Stone Cherry. Soy de la opinión de que la música acompaña los momentos, a veces con exquisita precisión. No sé qué sería yo sin este cacharro, que lleva conmigo nueve años o más. Pero ese es otro tema. El caso es que el avión se elevó y atravesamos una nube. Yo ya tenía la cabeza llena de ensoñaciones e historias fantásticas, cuando de repente el avión se colocó encima de la masa nublada que empezaba a cubrir Florencia.

Dejo que las imágenes hablen por sí solas.

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Aquí mandé a la porra la vergüenza y me lié a sacarle fotos al cielo. Era de verdad sobrecogedor, una de las imágenes más bellas que yo había visto, y era real. La foto estaba perfectamente justificada (y avalada por las otras cuarenta personas que, como yo, tenían el teléfono en la mano).

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Superada la emoción del momento, empecé a hacer cosas un poco más decentes, como una lista de las cosas pendientes para cuando aterrizase en Zurich. Como ya he dicho, tenía mi aislante del mundo en las orejas, así que no me di cuenta de que uno de los azafatos venía con una bandeja para regalarnos cosas. Soy española, no estoy acostumbrada a que las aerolíneas me den gratis de comer y de beber, ¿cómo iba a esperármelo? La chica de la sonrisa bonita me tocó en el hombro y yo alargué la mano automáticamente para coger aquel paquetito que me alargaba el azafato. Cuando lo tuve en la mano, arqueé la ceja y pregunté: “¿pero qué es esto?”. La chica rompió a reír, y me sorprendió. La risa también era muy agradable. Me quité los auriculares de las orejas para escucharla; en ese momento sonaba Shadow, de Soja. Me explicó que aquella pieza de bollería era típica de Suiza, y que no estaba mal, en caso de que te estuvieras muriendo de hambre. A mí me parecía un pretzel alemán con un tajo en el medio y untado de mantequilla, pero amablemente dije que lo guardaría para después (a esas alturas ni siquiera esperaba cenar).

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“Made by hand according to local tradition at a regional Swiss bakery”. Ya, claro.

Sin embargo, aquel atropello gastronómico nos sirvió para entablar una agradable conversación. Le dije que la última (y única) vez que yo me había subido en un avión de Swiss Airlines, me habían regalado una pequeña pastilla de chocolate. Ella volvió a reírse y me dijo que no me preocupase, que llegaría, y que me iba a encantar. De hecho, llegó. El azafato nos ofreció la bandeja, yo cogí una chocolatina y ella le preguntó al chico si podía coger dos. Y tal cual las cogió, las puso sobre la mesita de mi asiento y dijo que eran para mí.

Aquí fue cuando yo me deshice en agradecimientos, asegurándole que se había ganado mi corazón para siempre al regalarme chocolate. Ella se reía sin parar. Empezamos a hablar de nosotras, de aquello a lo que nos dedicábamos, de la razón de que estuviéramos unas horas antes en Florencia. Ella había estado una semana de vacaciones con su abuela; su abuelo había fallecido hacía un año y su viuda no lo estaba llevando demasiado bien. Hablamos de lo afortunadas que éramos al tener familias como las que teníamos, y pocos amigos pero bien escogidos. Me derritió el corazón que se fuese de vacaciones con su abuela y me acordé de la mía. Como anécdota graciosa contaré que por la presión se me reventó el bolígrafo en las manos y que tuve manchas azules en los dedos durante dos días. Hablamos de que las nubes parecían algodón de azúcar desde allí. Esta chica de estupendo carácter y ganas de reírse me confesó ser impaciente y choco-adicta igual que yo. Aún así, no me dejó devolverle las chocolatinas. Después de quince minutos, me ofreció darme su contacto, porque ella vive en Berna, y para cualquier cosa que necesitase le podía escribir. Que esperaba con ilusión que lo hiciera. Aquella chica me acompañó hasta la misma salida del aeropuerto de Zurich y me explicó cómo tenía que coger el tren para llegar. Incluso quiso prestarme francos suizos porque no se fiaba de que yo de verdad tuviese.

Se llama Sarah, y nos escribimos a menudo.

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El cambio del que hablaba al principio de este post no fue otro que ella. Sarah, con su naturalidad y sus ganas de reírse, regalándole dos pastillas de chocolate a una extraña, a alguien que no conoce de nada, pero que se sienta a su lado y le sonríe cuando se miran. Eso fue cuanto le bastó a Sarah para ser una persona excepcionalmente amable. Quise interpretarlo como una señal, como un vaticinio de que aquella semana en Zurich saldría bien y que no tenía que preocuparme por nada. Sarah me dio mucha de la paz que Florencia me había quitado, y creo que nunca se lo agradeceré bastante. Las personas con poca sensibilidad pensarán que fue una tía rara. Las personas algo más despiertas tal vez alcancen a pensar que fue maja. Aquellos que tengan el corazón en mi mismo dial de radio sabrán que Sarah fue magnífica, simplemente. Fue natural, y ese es uno de los regalos más maravillosos que, desde mi punto de vista, puede hacernos una persona.

Aquel gesto de amor simpático y gratuito me arregló el día y me ayudó a abrir este blog. Era una experiencia que quería compartir con muchísima gente, quería que todo el mundo conociese a Sarah y que supiese que me había regalado chocolate sin conocerme de nada. Que se había reído como un pajarillo alegre.

Ahora tú, lector, ya sabes el por qué de este blog. De la historia, quizá, puedas sacar tu propia reflexión, moraleja (aunque no creo que la tenga). Yo termino diciendo que la vida a veces es sorprendentemente bella.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura