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De aeropuertos (1): heroína de escaleras mecánicas

Desde que soy pequeña me han gustado los superhéroes. Me viene a la cabeza ahora mismo una pila de cómics de mi padre, de Mazinger Z, en una casa de pueblo vieja. También algunos de Spiderman (o del Increíble Hombre Araña, que era lo que realmente venía escrito en la portada) de mi tío José Luis, en otra casa, en otra montaña. Cuando crecí un poco más seguí leyendo cómics de superhéroes, encontrando en el independiente Spawn a mi claro favorito. Aunque me daba mucho miedo y tengo un trauma sin resolver con su némesis, pero ese es otro tema. He visto películas de Marvel y de DC, estoy más o menos puesta en ese mundillo, y en general no me disgusta.

Lo que quiero decir es que mi vida sí tiene cierta cultura de superhéroes y superheroínas. He crecido con ellos en partes de mi infancia y muchas veces jugué con mis amigos y mis primos a “yo me pido éste” y “tú te pides aquel”. Anda que no era divertido levantar los puños e imaginar que estabas volando, que veías a través de las paredes o que tenías supervelocidad.

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Ya crecidita, más de una vez me he encontrado en un círculo agradable de personas, copa en la mano, y se formula la maravillosa pregunta: “¿si pudieras tener un superpoder, cuál elegirías y por qué?”. Las decisiones que he escuchado han sido varias y estupendas: hacerse invisible, parar el tiempo, teletransportarse. Yo siempre decía que quería volar, igual que se elevan tantos personajes de cómic que al lector seguro que le vienen a la cabeza. También en otros círculos, con una copa diferente en la mano, discutimos de la importante existencia de esos héroes cotidianos, de los que hacen cosas extraordinarias en el día a día.

Lo que yo no me imaginaba es que iba a convertirme en una de ellas.

El asunto tiene más seriedad de la que yo quería darle en un principio, cuando se me ocurrió contar esta historia. Quiero decir que, si las cosas hubieran sucedido de otro modo, probablemente el cuento no tendría un final feliz, sino unos cuantos huesos rotos. No diré que el asunto fue de vida o muerte, pero sí es cierto que después me di cuenta de hasta qué punto se podía considerar mi acción, digamos, importante. Esto fue lo que pasó.

El ser humano tiene una capacidad para pasar de todo que me sorprende día a día. Podemos ignorar cuanto sucede a nuestro alrededor hasta límites insospechados. Además, esto se suma a otra habilidad especial, que es hacer lo que nos dé la gana. Si sumamos ambas, el resultado es para quitarse el sombrero (o las gafas, depende de lo que gaste cada uno). Pero el caso, que las personas pasamos de todo, hasta de las instrucciones de seguridad. Y eso, en fin, puede resultar peligroso.

Si el lector ha visitado aeropuertos, sabrá que la mayoría están llenos de escaleras mecánicas, que aquello parece la canción final de Labyritnth (aquí el vídeo para los que no sepan de qué estoy hablando). Además, los aeropuertos están llenos de gente que en general tiene prisa, igual que tienen unas maletas tan grandes donde creo que quepo yo entera si me encojo bien. Las instrucciones para estos aeropuertos han sido diseñadas para evitar accidentes, es decir, para que todos podamos coger nuestros aviones sin problema y felizmente, mientras hagamos caso. Entre esas instrucciones están, al hilo de nuestra historia, qué hacer y cómo desplazarse con las maletas grandes y los carritos disponibles para llevarlas.

Resulta que, como he dicho, en los aeropuertos hay un montón de escaleras mecánicas, y el de Zurich no es una excepción. No obstante, para que no sea un calvario arrastrar el equipaje, están esos carros de metal que probablemente todos tenemos en mente, donde una coloca sus bultos y empuja alegremente; fuera los problemas. Sin embargo, estos carros tienen un problema: no son maniobrables en las escaleras mecánicas. Es muy complicado subir por ellas con el cacharro atascado de bártulos y en posición casi vertical. Ni es seguro ni es inteligente; por lo tanto está prohibido. De hecho, hay carteles bien grandes –de los que no tengo foto porque nunca lo estimé necesario hasta ahora– justo al pie de las escaleras mecánicas, con un dibujito muy ilustrativo para que el idioma no sea un problema, que básicamente transmiten el mensaje de: POR AQUÍ CON ESO NO.

¿Qué se hace para subir entonces? Pues utilizar los ascensores, que son enormes, lustrosos y funcionan perfectamente. Caben cinco carros llenos de trastos y las personas que los arrastran. Quiero decir, que no será por facilidades. Hay alternativas para todos. Solo hay que seguir las instrucciones. Repitamos: usar esos carros en las escaleras mecánicas es poco más que una estupidez. Es que no tiene ningún sentido. Además, puede ser peligroso.

Y vaya si lo fue.

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El lugar de los hechos. La foto no es mía, pero las escaleras sí eran esas.

Resulta que estaba yo por coger un avión, con mi maletita de mano y mi bolso, escuchando Calle sin luz, de M-Clan, cuando me dirigí a subir por las escaleras mecánicas. Había cola, pero eso tampoco era raro. Despreocupadamente miré para atrás, por aquello de hacer alguna cosa mientras se producía el ascenso. Entonces vi algo que me hizo recordar, una vez más, lo tonto que puede llegar a ser el ser humano. Una familia de cuatro estaba provocando un atasco: mamá, dos niños de (a ojo) tres y seis añitos y papá, que como un perfecto borrico estaba intentando colocar el carro de metal donde llevaba cuatro maletas y dos bolsas en los escalones, para subir por las mecánicas. Recuerdo que pensé “ese carro no está bien organizado”, porque había una maleta de esas de 25kg justo encima de todo lo demás. Pensé “como se caiga alguna, nos vamos a reír”.

La cola avanzó y finalmente pude subir, y el bruto de aquel padre desconocido consiguió encajar su carro cargado en los escalones. Me sorprendió que, con lo rectos que son los suizo-alemanes, nadie le dijese nada, porque lo que estaba haciendo, bueno, estaba prohibido. Pero en fin, decidí que tampoco era mi problema. Sin embargo no dejé de mirar la escena, que tenía algo de cómico desde la distancia de cinco escalones que nos separaba (recuérdese que se habían tomado su tiempo para meter el condenado carro en el hueco disponible).

Recuerdo perfectamente cómo pasó todo, aunque fue en menos de seis segundos. Toda la familia iba detrás del carro. El niño mayor, el de seis años, de repente se fue para atrás, se tropezaría con algo, y se puso a llorar. Los dos padres se dieron la vuelta para atenderlo. El padre soltó el manillar del carro, la madre soltó la mano del pequeñito, del que tendría como tres años. Y él, para sentirse sujeto a algo, alargó la mano para tener algo a lo que agarrarse. Efectivamente, a la maleta de 25 kg que estaba en lo alto del todo. Como el espacio era reducido y los carros, otra vez, no están hechos para subir las escaleras mecánicas, que el padre soltase de repente el manillar y que el pequeño tirase de la maleta superior desencadenó una reacción física que el lector se podrá imaginar: al pequeño se le venía la maleta encima. Un niño de tres años frente a una maleta de 25 kilos, contra la baranda de metacrilato de las escaleras.

No sé exactamente cómo lo hice, pero prometo, palabra, que sucedió así. Que no me estoy inventando nada.

Solté mi propia maleta y tiré el bolso hacia arriba; ya subirían solos. De un salto bajé los cinco escalones que nos separaban y agarré la maleta como pude, mientras al pequeño no le daba tiempo ni a chillar ni a hacer nada. Simplemente se quedó apoyado contra la baranda, mirándome con unos ojos enormes, negros, y llenos de susto. Yo me quedé sentada, sujetando al monstruo maleta, y le medio sonreí. Entonces me di cuenta de que la gente me estaba mirando; que todo el mundo me estaba mirando. Metí la cabeza entre los hombros y arrastré la maleta hasta la parte de arriba, donde un matrimonio de mediana edad había tenido la amabilidad de coger mis cosas; también lo habían visto.

Una vez arriba, ayudé al padre a sacar el carro de las escaleras mecánicas y solté todo el aire. La madre se abrazó a su hijo pequeño y empezó a hablarle muy rápido, bastante asustada también. Yo simplemente me alegraba de que la maleta no lo hubiese aplastado, porque no quería imaginarme qué habría ocurrido de no haberla sujetado a tiempo. El padre, bastante pálido, me dio las gracias muchas veces. La madre se había puesto a llorar. El niño seguía con los ojos muy abiertos. Yo respondí que no era nada, y fui a donde la pareja estaba esperando con mis cosas. La mujer, entonces, me dijo “you, brave girl”. Me reí, pero me salió bastante raro.

Cogí mi maleta, volví a colgarme el bolso y me dirigí hacia las puertas de embarque. Me temblaban mucho las rodillas.

Luego volví a ver pasar a la familia, cuando ya estaba esperando a subir al avión, y me saludaron con la mano desde lejos. Entonces fue cuando reflexioné sobre lo que había pasado: que había salvado al niño de hacerse mucho daño. No de morirse o de romperse algo, que los chiquillos son muy resistentes; pero de un porrazo como un piano (o como una maleta de 25kg), pues sí. Y me sentí bastante bien. Me sentí… bueno, me sentí una pequeña superheroína.

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Tal vez no fue nada importante, pero esos padres me lo agradecieron de verdad. Con eso tuve bastante.

Por favor, si alguna vez lleváis vuestras maletas en los carros, tened en cuenta dos cosas: aseguradlas bien, y, por favor, de verdad como un favor personal, no utilicéis las escaleras mecánicas. Que podéis provocar un acidente.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

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El internet-café fantasma y el hotel de cinco estrellas

Tengo una habilidad especial para que me pasen cosas absurdas, extrañas, inverosímiles y sorprendentes. Y en alguna que otra ocasión, todos esos calificativos se juntan en una misma situación. Esto fue precisamente lo que me ocurrió un 13 de septiembre en Zurich, Suiza; cada cosa que leas, lector, es absolutamente cierta y no tiene ni un ápice de fantasía añadido. Espero que cuando termines este post te preguntes, como me pregunto yo, ¿pero cómo hace esta chica para meterse en estas historias?

Por motivos profesionales, me vi necesitada de un lugar con internet donde trabajar, que a ser posible tuviera una mesa y una silla y una carta de tés no excesivamente cara para tratarse de Zurich. El hostal (repetimos: hostal, manténgalo el lector en la mente, que es importante) donde me estaba quedando solo tenía una pequeña sala con dos mesillas, no demasiado cómodas, y carente de luz natural. Vamos, que no era el sitio idóneo para pasarse trabajando unas dos o tres horas. Así que busqué en Google Maps algo tan sencillo como “internet café” y resultó que había uno a cinco minutos a pie de donde me alojaba, justo al lado de un parking, por lo que era fácilmente localizable. Me metí en su página web y comprobé que, en efecto, la carta no resultaba demasiado desorbitada y, por qué no añadirlo, el sitio era bastante mono, decorado en color rojo y con cristalera. Soy fanática del color rojo. Bueno, eso era lo que me enseñaban las dos fotos que alguien había colgado en Yelp. Con buen humor, el bolso en un hombro y el portátil en su funda en el brazo contrario, salí del hostal para encaminarme a este lugar. En mi inseparable compañero de viajes musical sonaba Transitions, el último disco de Will Robert.

Llegar al parking no me costó demasiado tiempo, y de hecho vi la señal que aparece abajo, en la fotografía.

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Bueno, al menos sabía que había ido en la buena dirección. Me metí dentro del parking, porque según las fotos era precisamente en la primera planta donde se encontraba la entrada, y allí no vi más que un local, efectivamente con cristalera, que estaba cerrado. Eso para empezar. Sin embargo, el sitio no tenía ningún cartel que dijese “internet café”, sino “Focaccie”, así que deduje que la cafetería real estaría tal vez dentro, y que aquello era solamente un puesto de comida para llevar. Me metí en el aparcamiento siguiendo un camino lleno de anuncios de ropa, pensando que iría a parar a alguna especie de galería comercial, y lo que me encontré fueron los coches y las plazas, nada más. Volví a salir, di otro par de vueltas alrededor del sitio cerrado y concluí que tal vez la dirección se refería a que estaba junto al parking, y no dentro. Eché a andar por la calle y pasé debajo de unos grandes arcos sobre los que estaba la carretera, pero al avanzar no encontré más que un restaurante muy pijo con terraza toda dispuesta y una braserie.

Decidí preguntarle a una señora mamá que caminaba con su niña. La chiquilla era, por cierto, guapa hasta decir basta. Le pregunté si no sabía de un internet café cerca de allí, porque ya había dado por sentado que la reseña de Yelp tenía que ser vieja y que aquel café del letrero no existía más. No era ningún drama, podía pasar sin una cafetería de color rojo y cristales. La señora al principio me dijo que lo sentía, pero que no recordaba ningún local así. Empecé a despedirme, cuando de repente se acordó que de sí había un internet café cerca, y me señaló el aparcamiento del que yo acababa de salir. Intenté no arquear demasiado la ceja. Le comenté que ya había estado allí y que el local de cristal estaba cerrado, pero ella me aseguró que el café que ella decía nunca cerraba, que seguro que estaría abierto. Le pedí entonces indicaciones. Cabe señalar que yo no hablo alemán, ni suizo-alemán, ni francés, y que el inglés de mi interlocutora tampoco era el mejor del mundo. Me señaló el cartel rojo que yo había visto y me dijo “tienes que subir, por las escaleras”. Le di las gracias y pensé que aquella era la última oportunidad que le daba. Si no lo encontraba, volvería sobre mis pasos y me metería en el primer Starbucks que me saliese al paso, me importaba un carajo gastarme cincuenta francos en un té. Recuérdese que de verdad necesitaba tener acceso a internet.

Llegué al pie del letrero otra vez y, mira por dónde, encontré unas escaleras. Pero no iban hacia arriba, sino hacia abajo. Quizá la señora se hubiese equivocado. Bajé un par de escalones y automáticamente pensé “esto no es una buena idea”. Una imagen dice más que mil palabras.

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Una de muerte y destrucción con doble de orines, gracias.

Ni de coña pensaba meterme ahí abajo. Pero vamos, ni en mis mejores sueños, ni harta de vino. No, no, no. Sin embargo, la mezcla del espíritu aventurero que tengo, sumado a la necesidad de internet, a lo idiota que soy a veces y que abajo había dos puertas, me convencieron para echar un vistazo rápido. Tal y como vi que las puertas eran salidas de emergencia, me di la vuelta. Aquello olía a orines que daba gusto. Volví a subir, con la cabeza un poco cargada, y entonces pensé que tal vez el café estaba de verdad dentro del aparcamiento. Había visto unos ascensores, lo mismo era que se subía a la galería comercial imaginada por allí.

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No hablo alemán, pero deduje que “ausgang” es “salida”. Soy brillante.

Subí al cuarto piso y tal cual volví a pulsar el uno. Allí no había más que coches y plazas vacías. Me vino la inspiración cuando descubrí que en el lateral de la edificación había unas escaleras de hormigón que conducían a lo que parecía ser una terraza. Recordé las palabras de la señora y me regañé por no haberle hecho caso desde el principio; ella había dicho “por las escaleras”. Subí con ánimo. ¿Y qué había arriba?

Nada. La calzada, ya está. Dije unas cuantas palabrotas mentalmente, pero me reí. Apareció un gato precioso con una cinta roja atada al cuello, y me dediqué a seguirlo porque me apetecía mucho sacarle una foto. No conseguí la mejor imagen, pero por lo menos lo atrapé con el objetivo de mi teléfono. Me acordé de la película de Studio Ghibli Haru en el reino de los gatos, donde la protagonista termina en un mundo fantástico después de seguir a un ejemplar blanco y gordo por las callejuelas de su ciudad. Lo mismo me pasaba algo parecido.

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No me pasó absolutamente nada, más que determiné que a la porra, ese internet café no existía y les iba a escribir a los de la página web para que, una de dos, o diesen instrucciones precisas de cómo entrar en el condenado sitio o se dieran de baja, porque estaba claro que le habían cambiado el nombre y ahora vendían focaccias para llevar. No estaba especialmente enfadada, pero de verdad me urgía tener acceso a wi-fi, así que empecé a volver sobre mis pasos y justo al pie de la escalera de hormigón se me cruzó un chico que parecía sacado de la película Tiana y el sapo, por el color de la piel y cómo iba vestido. Sonaba Increíble, de Sharif. Lo detuve muy amablemente para preguntarle, por favor, si sabía de algún internet café cerca de allí. Ya no estaba pensando en el del aparcamiento, a ese le podían dar morcilla tranquilamente. En un primer momento me dijo, con una sonrisa de disculpa, que él no era la persona más indicada porque se acababa de mudar a Zurich, y me dijo que en la siguiente calle había un Starbucks, si no recordaba mal. Le di las gracias y ya estaba por irme cuando me dijo que, en realidad, había otro sitio un poco más decente donde él iba a menudo, pero que era un poco caro. Bromeamos diciendo que todo era caro en Suiza. Se ofreció a caminar conmigo hasta allí, y aunque al principio le dije que no se molestase, que estaría bien, terminamos andando por la calle como el punto y la i, porque yo no soy especialmente bajita, pero mi nuevo conocido mide más de dos metros.

Así conocí a Weston, originario de Nueva York y músico, toca el trombón. Estaba en Zurich porque él y la orquesta donde tocaba iban a actuar durante esta temporada en la Opernhaus Zürich, y me contó que ya había trabajado muchos años en la Metropolitan Opera de NY. Le dije que a mí me gustaba mucho la música y el jazz, y me ofreció acudir a alguna de sus actuaciones. Le dije que no iba a quedarme tanto tiempo, pero que seguramente volvería, y entonces intercambiamos los correos para mantenernos en contacto. Aquí hubo otra broma porque yo le dije que acababa de conocer a una music celebrity, y él se rió. La verdad es que fue muy agradable. Me acompañó hasta lo que desde fuera parecía (ya verá el lector por que utilizo este verbo) un restaurante bien avenido, con terraza con sombrillas y tal, y una fachada interesante con un carnero. Le di las gracias, nos despedimos, y me metí dentro.

Salió a recibirme un maître trajeado y yo le pregunté si sería posible quedarme en una mesa pequeñita porque necesitaba internet para trabajar, y era obvio que estaba casi todo dispuesto para empezar a servir la comida a los posibles clientes (en Europa, que se come muy pronto). Él me respondió que tenían otra sala donde podría trabajar más tranquila, y me preguntó si era cliente del hotel. Aquí fue donde me saltó la primera alarma. ¿Qué hotel? Caminé con el hombre por unos pasillos impecables hasta una terraza que abajo se muestra. Allí me dejó con otro joven, de camisa y sonrisa tímida, que me dijo que escogiese cualquier mesa, que él estaba a mi disposición y que si quería tenía disponible un buffet de sandwiches y snacks a la vuelta de la esquina. Me empezó a entrar un peligroso ataque de risa que tuve que controlar. Le dije que me haría falta un enchufe y él me acomodó en la Biblioteca del hotel. Muy amable, me preguntó qué podría ofrecerme para beber. Yo, que ya estaba viendo una factura de más de tres cifras, le dije que si tenían un té frío me bastaba. Me respondió que ellos mismos hacían su selección de tés, y volvió con la bebida y una tarjetita donde estaba escrita la contraseña del wi-fi.

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La terraza (eso gris de la izquierda es una pared-cascada)
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La biblioteca
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El té casero y las almendritas con cuchara

Nada más acceder a internet metí en el buscador “Widder Hotel“, y me tuve que aguantar las carcajadas. Estaba dentro de un hotel de cinco estrellas justo en el centro de Zurich, en pleno casco histórico, acomodada en la biblioteca, con un cóctel de esos que solo había visto en revistas y escribiendo sobre el brazo del sillón, porque si no, no me llegaba el cargador del portátil al enchufe. Yo, que me estaba alojando en un hostal que tenía una pila pegada a la pared de la habitación, al más puro estilo carcelario, estaba consumiendo wi-fi y té frío de un hotel de cinco estrellas. Yo, que para acceder a mi habitación del hostal tenía que subir hasta un quinto sin ascensor, maleta arriba-maleta abajo, estaba en un edificio del siglo XIX, restaurado y convertido en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, y pijo como la madre que lo parió. Un hotel donde las habitaciones “económicas” cuestan la friolera de 635 francos suizos (más de 700€) la noche. No sabía cómo me habían dejado entrar a mí en un sitio así, con hilo musical de jazz, luces tenues y flores por todas partes. No es que yo fuese una zarrapastrosa, pero desde luego llevaba una chaquetita vaquera y el ordenador metido en una funda de Sanofir Pasteur MSD, que es un medicamento (cosas de propaganda que los padres de una, que son médicos, le consiguen). Es decir, que mi pinta era normal, extremadamente normal. Pero allí estaba. El té estaba buenísimo.

La risa me volvió a dar cuando a los treinta minutos me llegó un correo de Weston, muy simpático, deseándome buena suerte y esperando que pudiese acudir a alguna función. Además me decía que si alguna vez volvía por Zurich y quería tomar un café, que le avisase. Aquello era ridículamente divertido. Me reí tanto que me costó concentrarme en lo que de verdad era importante en ese momento, el motivo real de que yo hubiese terminado allí metida.

Hice lo que tenía que hacer, me bebí el té y dejé que se me escapase una risilla cada vez que miraba a mi alrededor y pensaba “¿pero esto está pasando de verdad?”. Cada vez que un empleado del hotel pasaba por mi lado le respondía con un “hola”, en el tono más dulce y agradable que podía usar. Además, dos japoneses (posiblemente clientes) me saludaron muy amablemente y yo adopté una pose digna de Isabel Presley en su casa de campo, cuando recibe a sus invitados con esa pirámide de Ferrero Rocher. Fingí ser fabulosa un rato, porque la situación era tan absurda que había que aprovecharla. El chiste no se acaba ahí. A mitad de trabajo me entraron ganas de ir al baño y dejé mis cosas en la biblioteca con algo de apuro. No porque me fuesen a quitar nada, qué va. Es que me seguía dando risa. Cuando entré en el servicio, casi sin hacer ruido porque me sentía algo culpable (esa sensación de “yo no tengo que estar aquí”), terminó por explotar lo gracioso del asunto, ahí una prueba gráfica del maravilloso baño.

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Lo gordo es que no solo me entraron ganas de hacer pis, sino de alguna que otra cosa que no queda bien por escrito. Dejé que mi cuerpo siguiese su instinto natural y volví a la biblioteca partida de risa, pero pisando sobre las puntas para que los botines que llevaba no retumbasen contra los escalones de metal.

Antes de marcharme, le tomé una foto a un carnero tallado en el seto que tenían en la terraza, porque “Widder” es “Aries” en alemán. Después de sacarla me tropecé con una silla metálica, hizo un ruido terrible, casi me caigo y el chico de las gafas que me había servido el té vino corriendo para ayudarme a no abrirme la cabeza contra los escalones. “¿Se encuentra usted bien, madame? Si quiere le pedimos un taxi para que la lleve a su hotel”. Y cargarme la esfera de glamour en la que me había envuelto en esas últimas dos horas. Ni hablar.

Me tocó pagar por donde había entrado, esto es, la parte del restaurante, y al final resultó que el té solo costaba 6 francos suizos, que son unos 7€. Es abusivo para un vaso de té en España, pero ya os digo que no es para tanto teniendo en cuenta que estaba en un hotel de cinco estrellas en pleno casco histórico.

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Volví a mi habitación en un quinto sin ascensor, con la pila pegada a la pared igual que en las prisiones, y mientras me comía una de las chocolatinas de Sarah, me eché a reír tan fuerte y tan a gusto que hasta se me saltaron las lágrimas. A veces me pasan cosas endemoniadamente raras.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

El viaje que inspiró este blog

La tarde del 12 de septiembre cogí un avión de Florencia a Zurich que iba a cambiar mi vida. No se trataría de un cambio radical, de un giro de 180º o de uno de estos episodios trascendentales en los que una se encuentra a sí misma en un espejo y se muere de miedo con lo que ve. Ni me cambié de confesión ni de acera, ni me rapé el pelo, ni cometí un asesinato. Pero la vida me ha enseñado que a veces los cambios más importantes no son “grandes” a ojos de los demás.

Como buen espécimen del siglo XXI que soy, el primer pensamiento que me cruzó la mente cuando me senté al lado de la ventana fue: “por favor, que haya suerte y no se siente nadie más a mi lado”. Algún día hablaré más detenidamente sobre esta aversión a la compañía que mi generación ha desarrollado, porque no me siento especialmente orgullosa de padecerla. Pensé, pues, que ojalá hiciese sola el trayecto. No es lo más frecuente en los aviones, pero alguna vez que otra he tenido la ¿suerte? de hacer el viaje sin compañía. Y desgraciadamente siempre espero que suceda de nuevo. Después caí en la cuenta de que estaba sentada junto a la ventana, cuando yo siempre he sido una persona más de pasillo que otra cosa, pero puesto que me pagaban el viaje no iba a protestar.

Se sentó una chica, por supuesto. Pero fue un ser humano que catalogué como “tolerable” por el simple hecho de la enorme sonrisa que me dirigió, y porque iba acompañando a una señora mayor que podía ser su abuela o su señora al cargo. El hecho es que la naturalidad de su personalidad saltaba a la vista, y además tenía unos ojos risueños, una mirada divertida y una sonrisa bonita. Me inspiró confianza. No obstante me coloqué en las orejas el elemento aislante por excelencia: los auriculares. Y me dediqué a pensar en qué precioso estaba el atardecer desde allí, el sol rojo de la Toscana entre la nubes rosadas y naranjas. Me dieron muchas ganas de sacar el teléfono y ponerme a hacer fotos, cual japonesa perdida en el Prado, pero la verdad es que me pudo la vergüenza y me dediqué a archivar aquella belleza en el carrete de mi memoria.

El avión despegó y sonaba en mi reproductor We won’t let go, de Black Stone Cherry. Soy de la opinión de que la música acompaña los momentos, a veces con exquisita precisión. No sé qué sería yo sin este cacharro, que lleva conmigo nueve años o más. Pero ese es otro tema. El caso es que el avión se elevó y atravesamos una nube. Yo ya tenía la cabeza llena de ensoñaciones e historias fantásticas, cuando de repente el avión se colocó encima de la masa nublada que empezaba a cubrir Florencia.

Dejo que las imágenes hablen por sí solas.

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Aquí mandé a la porra la vergüenza y me lié a sacarle fotos al cielo. Era de verdad sobrecogedor, una de las imágenes más bellas que yo había visto, y era real. La foto estaba perfectamente justificada (y avalada por las otras cuarenta personas que, como yo, tenían el teléfono en la mano).

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Superada la emoción del momento, empecé a hacer cosas un poco más decentes, como una lista de las cosas pendientes para cuando aterrizase en Zurich. Como ya he dicho, tenía mi aislante del mundo en las orejas, así que no me di cuenta de que uno de los azafatos venía con una bandeja para regalarnos cosas. Soy española, no estoy acostumbrada a que las aerolíneas me den gratis de comer y de beber, ¿cómo iba a esperármelo? La chica de la sonrisa bonita me tocó en el hombro y yo alargué la mano automáticamente para coger aquel paquetito que me alargaba el azafato. Cuando lo tuve en la mano, arqueé la ceja y pregunté: “¿pero qué es esto?”. La chica rompió a reír, y me sorprendió. La risa también era muy agradable. Me quité los auriculares de las orejas para escucharla; en ese momento sonaba Shadow, de Soja. Me explicó que aquella pieza de bollería era típica de Suiza, y que no estaba mal, en caso de que te estuvieras muriendo de hambre. A mí me parecía un pretzel alemán con un tajo en el medio y untado de mantequilla, pero amablemente dije que lo guardaría para después (a esas alturas ni siquiera esperaba cenar).

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“Made by hand according to local tradition at a regional Swiss bakery”. Ya, claro.

Sin embargo, aquel atropello gastronómico nos sirvió para entablar una agradable conversación. Le dije que la última (y única) vez que yo me había subido en un avión de Swiss Airlines, me habían regalado una pequeña pastilla de chocolate. Ella volvió a reírse y me dijo que no me preocupase, que llegaría, y que me iba a encantar. De hecho, llegó. El azafato nos ofreció la bandeja, yo cogí una chocolatina y ella le preguntó al chico si podía coger dos. Y tal cual las cogió, las puso sobre la mesita de mi asiento y dijo que eran para mí.

Aquí fue cuando yo me deshice en agradecimientos, asegurándole que se había ganado mi corazón para siempre al regalarme chocolate. Ella se reía sin parar. Empezamos a hablar de nosotras, de aquello a lo que nos dedicábamos, de la razón de que estuviéramos unas horas antes en Florencia. Ella había estado una semana de vacaciones con su abuela; su abuelo había fallecido hacía un año y su viuda no lo estaba llevando demasiado bien. Hablamos de lo afortunadas que éramos al tener familias como las que teníamos, y pocos amigos pero bien escogidos. Me derritió el corazón que se fuese de vacaciones con su abuela y me acordé de la mía. Como anécdota graciosa contaré que por la presión se me reventó el bolígrafo en las manos y que tuve manchas azules en los dedos durante dos días. Hablamos de que las nubes parecían algodón de azúcar desde allí. Esta chica de estupendo carácter y ganas de reírse me confesó ser impaciente y choco-adicta igual que yo. Aún así, no me dejó devolverle las chocolatinas. Después de quince minutos, me ofreció darme su contacto, porque ella vive en Berna, y para cualquier cosa que necesitase le podía escribir. Que esperaba con ilusión que lo hiciera. Aquella chica me acompañó hasta la misma salida del aeropuerto de Zurich y me explicó cómo tenía que coger el tren para llegar. Incluso quiso prestarme francos suizos porque no se fiaba de que yo de verdad tuviese.

Se llama Sarah, y nos escribimos a menudo.

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El cambio del que hablaba al principio de este post no fue otro que ella. Sarah, con su naturalidad y sus ganas de reírse, regalándole dos pastillas de chocolate a una extraña, a alguien que no conoce de nada, pero que se sienta a su lado y le sonríe cuando se miran. Eso fue cuanto le bastó a Sarah para ser una persona excepcionalmente amable. Quise interpretarlo como una señal, como un vaticinio de que aquella semana en Zurich saldría bien y que no tenía que preocuparme por nada. Sarah me dio mucha de la paz que Florencia me había quitado, y creo que nunca se lo agradeceré bastante. Las personas con poca sensibilidad pensarán que fue una tía rara. Las personas algo más despiertas tal vez alcancen a pensar que fue maja. Aquellos que tengan el corazón en mi mismo dial de radio sabrán que Sarah fue magnífica, simplemente. Fue natural, y ese es uno de los regalos más maravillosos que, desde mi punto de vista, puede hacernos una persona.

Aquel gesto de amor simpático y gratuito me arregló el día y me ayudó a abrir este blog. Era una experiencia que quería compartir con muchísima gente, quería que todo el mundo conociese a Sarah y que supiese que me había regalado chocolate sin conocerme de nada. Que se había reído como un pajarillo alegre.

Ahora tú, lector, ya sabes el por qué de este blog. De la historia, quizá, puedas sacar tu propia reflexión, moraleja (aunque no creo que la tenga). Yo termino diciendo que la vida a veces es sorprendentemente bella.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura