De aeropuertos (1): heroína de escaleras mecánicas

Desde que soy pequeña me han gustado los superhéroes. Me viene a la cabeza ahora mismo una pila de cómics de mi padre, de Mazinger Z, en una casa de pueblo vieja. También algunos de Spiderman (o del Increíble Hombre Araña, que era lo que realmente venía escrito en la portada) de mi tío José Luis, en otra casa, en otra montaña. Cuando crecí un poco más seguí leyendo cómics de superhéroes, encontrando en el independiente Spawn a mi claro favorito. Aunque me daba mucho miedo y tengo un trauma sin resolver con su némesis, pero ese es otro tema. He visto películas de Marvel y de DC, estoy más o menos puesta en ese mundillo, y en general no me disgusta.

Lo que quiero decir es que mi vida sí tiene cierta cultura de superhéroes y superheroínas. He crecido con ellos en partes de mi infancia y muchas veces jugué con mis amigos y mis primos a “yo me pido éste” y “tú te pides aquel”. Anda que no era divertido levantar los puños e imaginar que estabas volando, que veías a través de las paredes o que tenías supervelocidad.

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Ya crecidita, más de una vez me he encontrado en un círculo agradable de personas, copa en la mano, y se formula la maravillosa pregunta: “¿si pudieras tener un superpoder, cuál elegirías y por qué?”. Las decisiones que he escuchado han sido varias y estupendas: hacerse invisible, parar el tiempo, teletransportarse. Yo siempre decía que quería volar, igual que se elevan tantos personajes de cómic que al lector seguro que le vienen a la cabeza. También en otros círculos, con una copa diferente en la mano, discutimos de la importante existencia de esos héroes cotidianos, de los que hacen cosas extraordinarias en el día a día.

Lo que yo no me imaginaba es que iba a convertirme en una de ellas.

El asunto tiene más seriedad de la que yo quería darle en un principio, cuando se me ocurrió contar esta historia. Quiero decir que, si las cosas hubieran sucedido de otro modo, probablemente el cuento no tendría un final feliz, sino unos cuantos huesos rotos. No diré que el asunto fue de vida o muerte, pero sí es cierto que después me di cuenta de hasta qué punto se podía considerar mi acción, digamos, importante. Esto fue lo que pasó.

El ser humano tiene una capacidad para pasar de todo que me sorprende día a día. Podemos ignorar cuanto sucede a nuestro alrededor hasta límites insospechados. Además, esto se suma a otra habilidad especial, que es hacer lo que nos dé la gana. Si sumamos ambas, el resultado es para quitarse el sombrero (o las gafas, depende de lo que gaste cada uno). Pero el caso, que las personas pasamos de todo, hasta de las instrucciones de seguridad. Y eso, en fin, puede resultar peligroso.

Si el lector ha visitado aeropuertos, sabrá que la mayoría están llenos de escaleras mecánicas, que aquello parece la canción final de Labyritnth (aquí el vídeo para los que no sepan de qué estoy hablando). Además, los aeropuertos están llenos de gente que en general tiene prisa, igual que tienen unas maletas tan grandes donde creo que quepo yo entera si me encojo bien. Las instrucciones para estos aeropuertos han sido diseñadas para evitar accidentes, es decir, para que todos podamos coger nuestros aviones sin problema y felizmente, mientras hagamos caso. Entre esas instrucciones están, al hilo de nuestra historia, qué hacer y cómo desplazarse con las maletas grandes y los carritos disponibles para llevarlas.

Resulta que, como he dicho, en los aeropuertos hay un montón de escaleras mecánicas, y el de Zurich no es una excepción. No obstante, para que no sea un calvario arrastrar el equipaje, están esos carros de metal que probablemente todos tenemos en mente, donde una coloca sus bultos y empuja alegremente; fuera los problemas. Sin embargo, estos carros tienen un problema: no son maniobrables en las escaleras mecánicas. Es muy complicado subir por ellas con el cacharro atascado de bártulos y en posición casi vertical. Ni es seguro ni es inteligente; por lo tanto está prohibido. De hecho, hay carteles bien grandes –de los que no tengo foto porque nunca lo estimé necesario hasta ahora– justo al pie de las escaleras mecánicas, con un dibujito muy ilustrativo para que el idioma no sea un problema, que básicamente transmiten el mensaje de: POR AQUÍ CON ESO NO.

¿Qué se hace para subir entonces? Pues utilizar los ascensores, que son enormes, lustrosos y funcionan perfectamente. Caben cinco carros llenos de trastos y las personas que los arrastran. Quiero decir, que no será por facilidades. Hay alternativas para todos. Solo hay que seguir las instrucciones. Repitamos: usar esos carros en las escaleras mecánicas es poco más que una estupidez. Es que no tiene ningún sentido. Además, puede ser peligroso.

Y vaya si lo fue.

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El lugar de los hechos. La foto no es mía, pero las escaleras sí eran esas.

Resulta que estaba yo por coger un avión, con mi maletita de mano y mi bolso, escuchando Calle sin luz, de M-Clan, cuando me dirigí a subir por las escaleras mecánicas. Había cola, pero eso tampoco era raro. Despreocupadamente miré para atrás, por aquello de hacer alguna cosa mientras se producía el ascenso. Entonces vi algo que me hizo recordar, una vez más, lo tonto que puede llegar a ser el ser humano. Una familia de cuatro estaba provocando un atasco: mamá, dos niños de (a ojo) tres y seis añitos y papá, que como un perfecto borrico estaba intentando colocar el carro de metal donde llevaba cuatro maletas y dos bolsas en los escalones, para subir por las mecánicas. Recuerdo que pensé “ese carro no está bien organizado”, porque había una maleta de esas de 25kg justo encima de todo lo demás. Pensé “como se caiga alguna, nos vamos a reír”.

La cola avanzó y finalmente pude subir, y el bruto de aquel padre desconocido consiguió encajar su carro cargado en los escalones. Me sorprendió que, con lo rectos que son los suizo-alemanes, nadie le dijese nada, porque lo que estaba haciendo, bueno, estaba prohibido. Pero en fin, decidí que tampoco era mi problema. Sin embargo no dejé de mirar la escena, que tenía algo de cómico desde la distancia de cinco escalones que nos separaba (recuérdese que se habían tomado su tiempo para meter el condenado carro en el hueco disponible).

Recuerdo perfectamente cómo pasó todo, aunque fue en menos de seis segundos. Toda la familia iba detrás del carro. El niño mayor, el de seis años, de repente se fue para atrás, se tropezaría con algo, y se puso a llorar. Los dos padres se dieron la vuelta para atenderlo. El padre soltó el manillar del carro, la madre soltó la mano del pequeñito, del que tendría como tres años. Y él, para sentirse sujeto a algo, alargó la mano para tener algo a lo que agarrarse. Efectivamente, a la maleta de 25 kg que estaba en lo alto del todo. Como el espacio era reducido y los carros, otra vez, no están hechos para subir las escaleras mecánicas, que el padre soltase de repente el manillar y que el pequeño tirase de la maleta superior desencadenó una reacción física que el lector se podrá imaginar: al pequeño se le venía la maleta encima. Un niño de tres años frente a una maleta de 25 kilos, contra la baranda de metacrilato de las escaleras.

No sé exactamente cómo lo hice, pero prometo, palabra, que sucedió así. Que no me estoy inventando nada.

Solté mi propia maleta y tiré el bolso hacia arriba; ya subirían solos. De un salto bajé los cinco escalones que nos separaban y agarré la maleta como pude, mientras al pequeño no le daba tiempo ni a chillar ni a hacer nada. Simplemente se quedó apoyado contra la baranda, mirándome con unos ojos enormes, negros, y llenos de susto. Yo me quedé sentada, sujetando al monstruo maleta, y le medio sonreí. Entonces me di cuenta de que la gente me estaba mirando; que todo el mundo me estaba mirando. Metí la cabeza entre los hombros y arrastré la maleta hasta la parte de arriba, donde un matrimonio de mediana edad había tenido la amabilidad de coger mis cosas; también lo habían visto.

Una vez arriba, ayudé al padre a sacar el carro de las escaleras mecánicas y solté todo el aire. La madre se abrazó a su hijo pequeño y empezó a hablarle muy rápido, bastante asustada también. Yo simplemente me alegraba de que la maleta no lo hubiese aplastado, porque no quería imaginarme qué habría ocurrido de no haberla sujetado a tiempo. El padre, bastante pálido, me dio las gracias muchas veces. La madre se había puesto a llorar. El niño seguía con los ojos muy abiertos. Yo respondí que no era nada, y fui a donde la pareja estaba esperando con mis cosas. La mujer, entonces, me dijo “you, brave girl”. Me reí, pero me salió bastante raro.

Cogí mi maleta, volví a colgarme el bolso y me dirigí hacia las puertas de embarque. Me temblaban mucho las rodillas.

Luego volví a ver pasar a la familia, cuando ya estaba esperando a subir al avión, y me saludaron con la mano desde lejos. Entonces fue cuando reflexioné sobre lo que había pasado: que había salvado al niño de hacerse mucho daño. No de morirse o de romperse algo, que los chiquillos son muy resistentes; pero de un porrazo como un piano (o como una maleta de 25kg), pues sí. Y me sentí bastante bien. Me sentí… bueno, me sentí una pequeña superheroína.

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Tal vez no fue nada importante, pero esos padres me lo agradecieron de verdad. Con eso tuve bastante.

Por favor, si alguna vez lleváis vuestras maletas en los carros, tened en cuenta dos cosas: aseguradlas bien, y, por favor, de verdad como un favor personal, no utilicéis las escaleras mecánicas. Que podéis provocar un acidente.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

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