En el Hotel Biber de Zurich nadie lleva gafas

En septiembre pasé unos días alojada en el City Backpackers / Hotel Biber de Zurich, y la verdad es que me gustó. Las causas que me llevaron allí fueron profesionales, lo que quiere decir que la estancia estaba pagada y previamente reservada para mí. Una compañera me había hablado del sitio vagamente, pero digamos que mi conocimiento previo era nulo. Llegar fue bastante sencillo, porque está en Niederdorfstrasse, que es una peatonal donde se pueden encontrar todos los restaurantes de Zurich juntos. Además de varios clubes de cabaret, por si a alguien le interesa. Parece que en ese sentido son bastante liberales, los suizos.

La entrada al Hotel Biber (que, por cierto, significa “castor”) no está exactamente en el nº 5, que es lo que dice en la web. Está en un callejón contiguo a Spaghetti Factory, que es el restaurante por el que se accede.

IMG_5815
A la izquierda, el callejón con la puerta de entrada

No, no es una broma. Si escribo que al hostal se accede por el restaurante, es que es así. Concretamente, por la parte de atrás de las cocinas. Para subir hasta la recepción (en un momento volveré con el asunto de subir) hay que pasar primero por los dos niveles del Spaghetti Factory por detrás, que son los dos pisos que tienen ocupadas las cocinas. En varias ocasiones me encontré con alguno de los empleados, y siempre tenían la sonrisa puesta. Un chico gordito de Sri Lanka me aseguró, una vez, que aquella noche lo tenían todo lleno y que sería un milagro si se iban de allí a la hora que les correspondía. Si os quedáis allí y veis a los chicos y chicas de la cocina del Spaghetti Factory, hacedlo por mí, sed amables y saludadles siempre. Por experiencia propia os digo que trabajar en hostelería y específicamente en cocina es muy parecido al infierno, un trabajo absolutamente agotador. Así que, como dicen mis amigos angloparlantes, show some love para estos muchachos y muchachas, que la amabilidad no está pagada.

Decía antes que hay que subir hasta la recepción, que está en el cuarto piso. Efectivamente, estamos hablando de un hostal construido sobre un restaurante y al que se llega a través del backstage de una cocina. No esperéis encontrar un ascensor. Cuando lleguéis con la lengua fuera hasta el “2. Stock”, os encontraréis una sala pequeña con unas mesitas, una máquina expendedora… ya sabéis, estas cosas que suelen tener los hostales. Y dentro, a la derecha, está recepción. Se paga en el momento en que llegas, después de rellenar un par de datos en una ficha que ellos de dan. Tienen habitaciones desde el tercer (esto es, uno por debajo de recepción) hasta el sexto piso, todos con el cartel de “Stock” pintado en la puerta.

IMG_5844
El “biber” en cuestión

Personalmente yo tenía reservada una habitación individual, y no estaba nada mal. Una cama doble para mí sola, un armario con un curioso sistema de cierre circular, una cómoda de tres cajones, una ventana bastante grande y, lo más gracioso de todo, una pila pegada a un trocito de pared, con su correspondiente espejo-armarito y dos colgaderos para toallas. Exacto, como las de las prisiones. Al principio el detalle me resultó un poco tétrico porque, bueno, aquello se suponía que era un hostal, no una cárcel, pero luego descubrí lo útil que puede ser tener la pila y el espejo a literalmente un paso de donde duermes. Por ejemplo, te puedes lavar los dientes sin que te dé pereza desplazarte -yo soy una histérica de la higiene bucal y nunca se me olvida, pero oye, aquí para todos los casos-; o puedes asearte tranquilamente, ponerte tus cremas o desenredarte el pelo, sin necesidad de incomodar a los demás usuarios de los baños del hostal. No es exclusivo de las mujeres, para afeitarse también viene de maravilla.

Porque ese es el siguiente punto de la lista, los baños. Hay uno por cada planta, con dos urinarios independientes pero sin cerramiento total, así que la privacidad para hacer ciertas cosas no es excesivamente alta, lo digo para que lo sepáis. Además, cada baño tiene dos duchas-cabina como las de la foto.

IMG_5803

Parece que me la haya sacado de un transbordador espacial, pero es verdad, estas son las duchas. Que no os engañe su aspecto, en realidad son una gozada. Si sois exquisitos, llevaos chanclas, pero el nivel de limpieza es muy alto. La presión es suficiente, cosa que a mí me parece fundamental; me da muchísima rabia ducharme y que el agua salga describiendo una parábola perfecta en lugar de una línea recta. La temperatura puede regularse y además funciona, y os aseguro que tener agua calentita sobre la piel cuando fuera hay 12º o 3º es muy agradable. Lo malo es el espacio. Solo hay una percha y un toallero para colgarlo todo, además de una balda pequeñita, que se asoma en la fotografía. Mi solución fue llevarme únicamente la llave, la toalla y el gel+champú en la mano, y volver vestida con los pantalones del pijama y una camiseta de esas que pone Pinturas Manolo. Me apañaba tranquilamente en mi pila carcelaria privada, así sin dar la murga a nadie. Nunca tuve problemas para ducharme o usar el baño porque estaban ocupados. El Hotel Biber no tiene demasiadas habitaciones, lo que hace que la vida sea más cómoda cuando se trata de asuntos higiénicos.

Como comentaba, del tercer al sexto piso están los cuatro “Stock” que pertenecen al hostal. Pero tiene un piso más, donde desde mi punto de vista está la joya de la corona, y además el placer escondido que hizo que yo terminase de enamorarme del lugar: la terraza.

IMG_5761

No me digáis que esa vista y ese cielo no valen sus siete pisos sin ascensor. Para mí los valen, desde luego. La terraza no es demasiado grande, pero tiene dos mesas de esas de merendero o camping, de madera. Además tiene esas adorables luces enredadas en las barras de metal, que la verdad es que no sé si se encienden, porque no tuve la oportunidad de subir de noche. Cuando vuelva os lo averiguo. Por sorprendente que parezca, esta terraza siempre estaba vacía. Nunca me encontré a nadie allí, siempre estaba yo sola. En otra vida debí de ser una cigüeña, porque me apasionan los lugares altos y los tejados, así que en este bonito rincón comí, trabajé y leí muchas veces, a menudo en compañía de botellitas de té frío como la que veis en la fotografía (ya sabéis que tengo una pequeña obsesión con ellas, y con ponerles mis gafas de sol en un intento de creerme graciosa).

IMG_5821

El hostal, como suele ser en casi todos en los que yo me he alojado, está regentado por gente joven que habla inglés, alemán, francés, italiano y hasta se atreven con el español. Son muy simpáticos y no tienen problema en resolverte cualquier duda. Al menos, aquellos con los que yo traté. De hecho, la chica que me atendió cuando llegué me ofreció hasta otra almohada, por si con una no era suficiente. No ofrecen desayuno, pero tienen un convenio con el café Henrici, uno de los más famosos de Zurich, así que puede sacarse un desayuno decente por un precio bastante razonable.

Lo único malo, desde mi punto de vista, es una discriminación total hacia las personas que llevamos gafas. No se ría el lector, estoy hablando muy en serio. Volvamos a la descripción previamente realizada de la ducha. Dije que al otro lado de la cortina solo hay un toallero y una percha. ¿Dónde demonios se supone que voy a dejar las gafas mientras me estoy duchando? Normalmente uso lentillas, pero ¿y si no me apetece ponérmelas ese día o simplemente no las tengo? Conozco muchas otras personas usuarias de miopía y astigmatismo que no tienen lentes de contacto, ¿me quieren explicar los del Biber dónde narices dejamos las gafas al ducharnos? ¿En el suelo? Venga, hombre.

Como en esta vida hay que ser resolutiva, abajo una muestra gráfica de lo que se me ocurrió hacer a mí.

IMG_5805

Plegarlas y colgarlas de la percha. Sencillo y efectivo; los cristales estaban impecables antes y después de ducharme. Pero agradecería para próximas reformas del hostal un estante, aunque fuese minúsculo, para dejarlas próximamente. Que tampoco es pedir tanto. Por cierto, eso de la izquierda es la llave de la habitación. Es un botoncito electrónico que activa la cerradura de la puerta al entrar en contacto con ella. Era la primera vez que yo veía algo así y, oye, aluciné por un tubo. Estos suizos, que nos llevan años de ventaja, pero luego son incapaces de colocar una balda de plástico de Ikea para que una deje sus gafas cuando se ducha.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s