Cosas curiosas: Pablo Alborán en Zurich

En este Starbucks de la calle Rindermarkt 1 de Zurich pusieron una canción de Pablo Alborán, Solamente tú.

Y a mí me hizo mucha gracia.

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Yo estaba a mis cosas cuando en un momento salí del baño y empecé a escuchar: “tú y tú, y tú, y solamente tú”, y pensé “oye, que a mí esto me suena”. Y es que tengo la mala costumbre de creerme que lo que se escucha en España no sale de ahí, y que es lo normal. Como si la música no fuera deliciosamente mundial. Por eso igual también me resulta extraño estar en Venecia y escuchar International Love de Chris Brown y PitBull en una cafetería cualquiera, o estar en Florencia y que suene por la radio Shut up and dance de Walk the moon.

A veces soy muy músico-nacional-egocentrista. Si yo escucho lo que canta Baby K en Italia, ¿por qué no les va a gustar Pablo Alborán a los suizos? Ahora, como poco fue sorprendente. El día menos pensado me ponen Tu calorro de Estopa, y me arranco a bailar.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

Cosas curiosas: Bailes nocturnos en Zurich

Había salido en busca de un restaurante vietnamita, Pho Vietnam, porque esa noche echaba mucho de menos a alguien y se me antojó cenar pho en su honor, para recordar la cantidad de noches que lo compartimos. A pesar de que para el horario español las 20:00 no se puede considerar “tarde”, en Europa ese es el momento en que los amigos se reúnen para empezar a tomar copas o, si se tercia, directamente salir de fiesta.

Caminaba hacia el cruce de la fotografía, por Uraniastrasse.

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En ese momento el semáforo estaba rojo para los coches, y un mini rojo con las ventanillas bajadas dejaba escapar una música a todo volumen, electrónica. Los chicos y chicas de dentro iban con los brazos en alto, sacándolos por las ventanas, cantando y bailando. Cuando estuve lo bastante cerca, el semáforo se puso en ámbar para los peatones, así que me detuve. Entonces uno de los chicos me señaló con las dos manos y me gritó: “dance, dance!”

¿Y yo qué hice? Por supuesto levantar los brazos y bailar, hacer un par de movimientos idiotas mientras los del Mini me vitoreaban y me aplaudían. Nos dijimos adiós con la mano y su música dejó de mezclarse con la mía. Sonaba My songs know what you did in the dark, de Fall Out Boy. Eso en mi reproductor, en el suyo no sé qué era. Electrónico, R&B, pachanga de fiesta; cualquier opción es válida.

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El caso es que siempre que os lo pidan, tenéis que bailar. Anda que no es divertido.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

Truco: el “pacto de desayuno” entre el Hotel Biber y Henrici Café (Zurich)

Desayunar (y cualquier cosa en general) puede resultar muy caro cuando uno está en Zurich, pero siempre se esconden pequeños ases bajo la manga para los que estamos atentos.

Si te alojas en el Hotel Biber de Zurich, puedes solicitar en recepción una tarjetita de descuento para Henrici, una de las cafeterías más famosas de la ciudad, y donde se desayuna bastante bien (al menos, desde mi punto de vista). Cuando te den la tarjeta los chicos del hostal, encontrarás en el reverso escritas las tres opciones que tienes para desayunar. Simplemente acuérdate de indicarles a los camareros que la tienes y qué desayuno de los tres te gustaría pedir, y ellos no tienen ningún problema. Cuando pagues, eso sí, los empleados de Henrici se quedarán la tarjetita, pero no te preocupes. Yo misma cogí dos en dos días diferentes, ya que en el Hotel Biber tienen impresas un montón para los que nos quedamos más de una mañana en Zurich y queremos desayunar bien y barato.

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Por cierto, los cafés son perfectamente canjeables por tés. Esto es algo que sí me gustaría compartir, ya que, por ejemplo, yo tengo estrictamente prohibido el café y además no es que me apasione. Sin embargo, me encanta el té, y en Henrici lo preparan con muchísimo juicio, una delicia para los tea-lovers. Así que, aunque en la tarjetita venga escrito que todos los menús de promoción vienen con café, no dudéis en preguntarle al camarero o camarera si podéis cambiar ese café por un té; a mí no me pusieron ningún problema, y de hecho al segundo día ya me lo pusieron sin que se lo pidiese porque se acordaban de mí.

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Este es un truco que no mucha gente conoce, y que nos puede salvar de algún apuro monetario en caso de que nos estemos alojando en el Biber. Aquí podemos desayunar gastándonos desde 5€ a 17€, y creedme que eso no es caro para ser Suiza, y sobretodo para la cantidad de comida que te ponen en el plato. Y, para muestra, una foto.

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Este es el “Bread-combo” con mi té sustituto

Una de las veces quise darme un homenaje y probar el último de los desayunos, que aunque fuese un poquito más caro, soy humana y caigo enseguida ante la tentación del yogur con frutos rojos, plátano y muesli. Además de que el zumo de naranja resultó venir en una copa (no estoy de broma, abajo la foto), y ser recién exprimido. La verdad es que me quedé saciada para toda la mañana, no os voy a engañar. Estaba muy bueno. Además ese día tenía un poco de prisa, así que majísimos ellos me pusieron el té en formato ‘para llevar’.

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El ‘morning-fit combo’, copa incluida

Henrici puede resultar un poquito caro para consumir todos los días, pero sabiendo estas cositas mi bolsillo no se resintió tanto. Espero que os haya sido útil y, por cierto, si vais alguna vez, ¡mandadme una foto!

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

De aeropuertos (1): heroína de escaleras mecánicas

Desde que soy pequeña me han gustado los superhéroes. Me viene a la cabeza ahora mismo una pila de cómics de mi padre, de Mazinger Z, en una casa de pueblo vieja. También algunos de Spiderman (o del Increíble Hombre Araña, que era lo que realmente venía escrito en la portada) de mi tío José Luis, en otra casa, en otra montaña. Cuando crecí un poco más seguí leyendo cómics de superhéroes, encontrando en el independiente Spawn a mi claro favorito. Aunque me daba mucho miedo y tengo un trauma sin resolver con su némesis, pero ese es otro tema. He visto películas de Marvel y de DC, estoy más o menos puesta en ese mundillo, y en general no me disgusta.

Lo que quiero decir es que mi vida sí tiene cierta cultura de superhéroes y superheroínas. He crecido con ellos en partes de mi infancia y muchas veces jugué con mis amigos y mis primos a “yo me pido éste” y “tú te pides aquel”. Anda que no era divertido levantar los puños e imaginar que estabas volando, que veías a través de las paredes o que tenías supervelocidad.

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Ya crecidita, más de una vez me he encontrado en un círculo agradable de personas, copa en la mano, y se formula la maravillosa pregunta: “¿si pudieras tener un superpoder, cuál elegirías y por qué?”. Las decisiones que he escuchado han sido varias y estupendas: hacerse invisible, parar el tiempo, teletransportarse. Yo siempre decía que quería volar, igual que se elevan tantos personajes de cómic que al lector seguro que le vienen a la cabeza. También en otros círculos, con una copa diferente en la mano, discutimos de la importante existencia de esos héroes cotidianos, de los que hacen cosas extraordinarias en el día a día.

Lo que yo no me imaginaba es que iba a convertirme en una de ellas.

El asunto tiene más seriedad de la que yo quería darle en un principio, cuando se me ocurrió contar esta historia. Quiero decir que, si las cosas hubieran sucedido de otro modo, probablemente el cuento no tendría un final feliz, sino unos cuantos huesos rotos. No diré que el asunto fue de vida o muerte, pero sí es cierto que después me di cuenta de hasta qué punto se podía considerar mi acción, digamos, importante. Esto fue lo que pasó.

El ser humano tiene una capacidad para pasar de todo que me sorprende día a día. Podemos ignorar cuanto sucede a nuestro alrededor hasta límites insospechados. Además, esto se suma a otra habilidad especial, que es hacer lo que nos dé la gana. Si sumamos ambas, el resultado es para quitarse el sombrero (o las gafas, depende de lo que gaste cada uno). Pero el caso, que las personas pasamos de todo, hasta de las instrucciones de seguridad. Y eso, en fin, puede resultar peligroso.

Si el lector ha visitado aeropuertos, sabrá que la mayoría están llenos de escaleras mecánicas, que aquello parece la canción final de Labyritnth (aquí el vídeo para los que no sepan de qué estoy hablando). Además, los aeropuertos están llenos de gente que en general tiene prisa, igual que tienen unas maletas tan grandes donde creo que quepo yo entera si me encojo bien. Las instrucciones para estos aeropuertos han sido diseñadas para evitar accidentes, es decir, para que todos podamos coger nuestros aviones sin problema y felizmente, mientras hagamos caso. Entre esas instrucciones están, al hilo de nuestra historia, qué hacer y cómo desplazarse con las maletas grandes y los carritos disponibles para llevarlas.

Resulta que, como he dicho, en los aeropuertos hay un montón de escaleras mecánicas, y el de Zurich no es una excepción. No obstante, para que no sea un calvario arrastrar el equipaje, están esos carros de metal que probablemente todos tenemos en mente, donde una coloca sus bultos y empuja alegremente; fuera los problemas. Sin embargo, estos carros tienen un problema: no son maniobrables en las escaleras mecánicas. Es muy complicado subir por ellas con el cacharro atascado de bártulos y en posición casi vertical. Ni es seguro ni es inteligente; por lo tanto está prohibido. De hecho, hay carteles bien grandes –de los que no tengo foto porque nunca lo estimé necesario hasta ahora– justo al pie de las escaleras mecánicas, con un dibujito muy ilustrativo para que el idioma no sea un problema, que básicamente transmiten el mensaje de: POR AQUÍ CON ESO NO.

¿Qué se hace para subir entonces? Pues utilizar los ascensores, que son enormes, lustrosos y funcionan perfectamente. Caben cinco carros llenos de trastos y las personas que los arrastran. Quiero decir, que no será por facilidades. Hay alternativas para todos. Solo hay que seguir las instrucciones. Repitamos: usar esos carros en las escaleras mecánicas es poco más que una estupidez. Es que no tiene ningún sentido. Además, puede ser peligroso.

Y vaya si lo fue.

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El lugar de los hechos. La foto no es mía, pero las escaleras sí eran esas.

Resulta que estaba yo por coger un avión, con mi maletita de mano y mi bolso, escuchando Calle sin luz, de M-Clan, cuando me dirigí a subir por las escaleras mecánicas. Había cola, pero eso tampoco era raro. Despreocupadamente miré para atrás, por aquello de hacer alguna cosa mientras se producía el ascenso. Entonces vi algo que me hizo recordar, una vez más, lo tonto que puede llegar a ser el ser humano. Una familia de cuatro estaba provocando un atasco: mamá, dos niños de (a ojo) tres y seis añitos y papá, que como un perfecto borrico estaba intentando colocar el carro de metal donde llevaba cuatro maletas y dos bolsas en los escalones, para subir por las mecánicas. Recuerdo que pensé “ese carro no está bien organizado”, porque había una maleta de esas de 25kg justo encima de todo lo demás. Pensé “como se caiga alguna, nos vamos a reír”.

La cola avanzó y finalmente pude subir, y el bruto de aquel padre desconocido consiguió encajar su carro cargado en los escalones. Me sorprendió que, con lo rectos que son los suizo-alemanes, nadie le dijese nada, porque lo que estaba haciendo, bueno, estaba prohibido. Pero en fin, decidí que tampoco era mi problema. Sin embargo no dejé de mirar la escena, que tenía algo de cómico desde la distancia de cinco escalones que nos separaba (recuérdese que se habían tomado su tiempo para meter el condenado carro en el hueco disponible).

Recuerdo perfectamente cómo pasó todo, aunque fue en menos de seis segundos. Toda la familia iba detrás del carro. El niño mayor, el de seis años, de repente se fue para atrás, se tropezaría con algo, y se puso a llorar. Los dos padres se dieron la vuelta para atenderlo. El padre soltó el manillar del carro, la madre soltó la mano del pequeñito, del que tendría como tres años. Y él, para sentirse sujeto a algo, alargó la mano para tener algo a lo que agarrarse. Efectivamente, a la maleta de 25 kg que estaba en lo alto del todo. Como el espacio era reducido y los carros, otra vez, no están hechos para subir las escaleras mecánicas, que el padre soltase de repente el manillar y que el pequeño tirase de la maleta superior desencadenó una reacción física que el lector se podrá imaginar: al pequeño se le venía la maleta encima. Un niño de tres años frente a una maleta de 25 kilos, contra la baranda de metacrilato de las escaleras.

No sé exactamente cómo lo hice, pero prometo, palabra, que sucedió así. Que no me estoy inventando nada.

Solté mi propia maleta y tiré el bolso hacia arriba; ya subirían solos. De un salto bajé los cinco escalones que nos separaban y agarré la maleta como pude, mientras al pequeño no le daba tiempo ni a chillar ni a hacer nada. Simplemente se quedó apoyado contra la baranda, mirándome con unos ojos enormes, negros, y llenos de susto. Yo me quedé sentada, sujetando al monstruo maleta, y le medio sonreí. Entonces me di cuenta de que la gente me estaba mirando; que todo el mundo me estaba mirando. Metí la cabeza entre los hombros y arrastré la maleta hasta la parte de arriba, donde un matrimonio de mediana edad había tenido la amabilidad de coger mis cosas; también lo habían visto.

Una vez arriba, ayudé al padre a sacar el carro de las escaleras mecánicas y solté todo el aire. La madre se abrazó a su hijo pequeño y empezó a hablarle muy rápido, bastante asustada también. Yo simplemente me alegraba de que la maleta no lo hubiese aplastado, porque no quería imaginarme qué habría ocurrido de no haberla sujetado a tiempo. El padre, bastante pálido, me dio las gracias muchas veces. La madre se había puesto a llorar. El niño seguía con los ojos muy abiertos. Yo respondí que no era nada, y fui a donde la pareja estaba esperando con mis cosas. La mujer, entonces, me dijo “you, brave girl”. Me reí, pero me salió bastante raro.

Cogí mi maleta, volví a colgarme el bolso y me dirigí hacia las puertas de embarque. Me temblaban mucho las rodillas.

Luego volví a ver pasar a la familia, cuando ya estaba esperando a subir al avión, y me saludaron con la mano desde lejos. Entonces fue cuando reflexioné sobre lo que había pasado: que había salvado al niño de hacerse mucho daño. No de morirse o de romperse algo, que los chiquillos son muy resistentes; pero de un porrazo como un piano (o como una maleta de 25kg), pues sí. Y me sentí bastante bien. Me sentí… bueno, me sentí una pequeña superheroína.

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Tal vez no fue nada importante, pero esos padres me lo agradecieron de verdad. Con eso tuve bastante.

Por favor, si alguna vez lleváis vuestras maletas en los carros, tened en cuenta dos cosas: aseguradlas bien, y, por favor, de verdad como un favor personal, no utilicéis las escaleras mecánicas. Que podéis provocar un acidente.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

‘Bubbles’ y la espectacular tarta de queso

Llegué a Zurich una noche de septiembre con una única preocupación en la cabeza: dónde desayunar. Soy de esas personas que ama el desayuno y además lo considera una de las comidas más importantes del día. Además, se me junta la tontería que el Primer Mundo tiene ahora con las cafeterías bonitas, con decoración más o menos vintage o estilosa, de esas en las que tener red velvet en la carta es símbolo de calidad, creo que me estoy explicando. También -y esto creo que lo he comentado ya en alguna ocasión- se añade que soy una auténtica obsesa/forofa/amante del té, y me gusta que en los sitios a los que vaya tengan algo más allá del té genérico que venden en algunos bares o de la tila.

Así que, recién cogido el wi-fi en el portátil, abrí el buscador y escribí algo tan sencillo como: nice breakfast Zurich, esperando que Google, que todo lo sabe, me echase una mano. Seguro que entendía exactamente a qué me estaba refiriendo. No recuerdo exactamente si fue la primera, pero entre las opciones que aparecieron estaba el Café-Restaurant Bubbles en TripAdvisor. Por fuera me pareció apañado, y además tenía un chorro de comentarios buenos que ponían por las nubes los desayunos. Le eché un vistazo a la carta y lamenté no saber alemán, pero me guardé la dirección. No estaba exactamente cerca de donde yo me estaba alojando, pero de verdad me había encaprichado con el sitio y no era complicado llegar.

A la mañana siguiente y después de volver para atrás en varias ocasiones al consultar el mapa, llegué a Bubbles (Werdstrasse 54) y podríamos decir que fue amor a primera vista.

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El exterior

Me encantan las cosas con colores y que haya velas encima de las mesas. En la fotografía no aparece nadie, porque la tomé a las ocho de la mañana de un domingo, así que era comprensible. Dato de interés, no cierra ningún día de la semana. Nada más entrar me recibió una camarera con una sonrisa muy amable que se pasó al inglés enseguida, cuando se dio cuenta de que yo pilotaba bastante poco de alemán (por no decir que nada en absoluto). Me senté dentro, junto a la ventana, y me di cuenta de que el menú que me había dejado también estaba en alemán, pero me dio vergüenza volver a llamarla, porque a pesar de ser domingo dentro había clientes, y como una ha trabajado en cafetería sabe lo molesto que es que te llamen para “chorradas”. Afortunadamente la chica se dio cuenta de la cara de póker que yo estaba poniéndole a la carta plastificada, así que me la cambió enseguida.

Ahí va una curiosidad magnífica que me encontré.

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La próxima vez que vaya tengo que preguntarles si esto del “Plato Pirata” se ha puesto en práctica alguna vez. Evidentemente, el precio de este desayuno era de 0 francos suizos. Me reí mucho. Como también me reí cuando me escribieron la contraseña para el wi-fi en un papel, y una vez conectada escribí la palabra en el traductor para encontrarme con que significaba: dieciséiscaracteres, así todo junto. Desde luego, la impresión de la cafetería mejoraba por momentos. Además el hilo musical era jazz, y aquí servidora es gran amante de esa música. Siempre he pensado que el jazz le va fantásticamente bien a las cafeterías de este estilo, del estilo cupcake y smoothie/milkshake que ahora están en todas partes y que, lo confieso, me encantan.

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Arriba de estas líneas, mi desayuno. Un bol de cereales tipo muesli con miel, yogur griego, almendras y arándanos. Tres arándanos, vale, pero es que la fruta está cara en Suiza y yo tampoco iba a protestar. Además, un earl grey muy normalito, no me atreví a arriesgar con el té en aquella ocasión. Estaba muy rico, y no era nada caro. Me gustó el hecho de que pusieran un plato de café sobre la taza porque eso permite dos cosas: que no se escape el calor del agua y que la fragancia del té se libere mejor, y luego dejar ahí la bolsita una vez ha estado dentro del agua los minutos pertinentes. A mí estos detalles me enamoran, qué le vamos a hacer. Se me conquista con té.

Volví la tarde siguiente porque me urgía trabajar con internet y, por qué no decirlo, me había encantado Bubbles. Esta vez pedí un té de red berries y nada más, porque aunque sabía que se ofertaba bollería no estaba demasiado segura de lo que quería comer. Me senté en una mesita de un rincón, monísima con su lamparita, y me pasé la tarde allí sentada, haciendo mis cosas. Me di cuenta de que la cafetería estaba literalmente vacía, y en un acto de congraciarme con la única camarera que estaba allí, le pregunté si no eran aburridos los cierres del lunes por la tarde. Así conocí a Liza, que se convertiría en mi embajadora dentro de Bubbles y en mi asesora gastronómica particular. ¿Por qué digo esto? Porque cuando me quedaba alrededor de una hora para marcharme, Liza me preguntó si no me gustaría probar las tartas de queso, que eran muy famosas y además caseras. Tenían clásica, de arándanos, de frambuesa y de plátano con chocolate. Aquella primera vez pedí la última de la lista, y fue un orgasmo al paladar (que me disculpe aquel de ofensa fácil, pero hay pocas expresiones mejores para definirlo).

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Juro que estaba deliciosa. He probado cosas así de ricas en muy pocos sitios. La galleta estaba crujiente, el plátano blandito y el chocolate en el punto perfecto entre lo sólido y lo cremoso. Aluciné colorines con la tarta de queso, y así se lo dije. Ella me contó que era 100% casera, y que la receta era un secreto secretísimo. No me extrañaba nada. Le prometí a Liza que iba a volver al día siguiente a por otra, seguro.

Y tanto que volvería. Esa noche estaba viendo Atlantis: El imperio perdido de Disney, que estaba en mi lista de pendientes, y de repente el ordenador portátil me dijo “oye, que me apago”. Me puse a buscar el cargador en el bolso, y no lo encontré. Me dio un buen ataque de risa cuando caí en la cuenta de que me lo había dejado enchufado en el rincón aquel donde había estado trabajando. No me preocupé en absoluto; aquello era Suiza, la gente no iba robando cargadores de ordenador. Además, solo estábamos Liza y yo, y me había marchado a diez minutos de cerrar. Estaba convencida de que ella me lo habría guardado al recoger y darse cuenta de mi despiste. Por si a alguien le interesa, el ordenador se me apagó a cinco minutos del final, así que lo vi en el teléfono, en uno de estos portales de visionado de películas on-line.

Así que el martes llegué y me recibió alguien a quien, no sé por qué, identifiqué como la dueña de Bubbles, y nada más mencionar la palabra “cargador” ella se rió y me contó que Liza lo había guardado para mí, y que en ese momento estaba en la parte de abajo. Que le daría un saludo de mi parte, y yo le dije que pensaba quedarme a trabajar. Escogí un rincón en la esquina contraria a la de la vez anterior (me gusta mirar los sitios desde todas sus perspectivas), y ella me preguntó qué me apetecía. Le dije que té. Qué sorpresa, ¿verdad? Me ofreció servirme un fresh tea, que resultó ser agua hirviendo con hierbabuena, miel aromatizada con especias y una galletita. Bubbles, tienes mi corazón y mi amor eternos. Palabra de honor.

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Apareció Liza, y en ese momento, al verla sonriéndome y hablándome, me vino el pensamiento de que quizás fuese ella la misma camarera que me atendió el primer día que vine. “¿Estás lista para la tarta de queso?”, me preguntó. Yo le respondí que esperaría un poco, porque acababa de comer, pero que desde luego me reservase un pedazo. Ella volvió a reírse. El trozo llegó, ella misma me lo sirvió, y al poco sacó tres tartas al mostrador para que se enfriasen y luego cortarlas para ponerlas en el refrigerador con las demás. “Aquí tienes la prueba de que son caseras”, broméo. Me dejó hacerles una foto para el blog, porque le hablé de él, así que abajo tenéis las tres preciosidades que estaban inundando la cafetería con su exquisito perfume.

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Doradas como el sol, decidme si no se os hace la boca agua

Ese día me decidí por la clásica, y creo que me gustó incluso más que la de plátano con chocolate, y eso que en mi cerebro esa combinación siempre resulta ganadora. Pero estaba tan suave, cremosa y en su punto exacto de frío, que me enamoró. Además esas tartas tienen una cantidad generosa de galleta, lo que yo como consumidora considero necesario e importante.

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No tiene nada que ver, pero dejo una foto de los cartelitos de los baños, simplemente porque me hicieron mucha gracia. Desde luego, son originales. Y baratos.

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Caballeros – Damas

El último de mis desayunos en ese viaje a Zurich no fue en ‘Bubbles’, porque las circunstancias laborales no lo permitieron, pero el antepenúltimo sí, desde luego. Le había prometido a Liza que iría a probar un súper desayuno, y casi podríamos decir que había “quedado” con ella, porque me dijo que estaría en la cafetería a partir de las 8:30. Yo tenía una reunión a las 10:45, así que me pareció más que justo desayunar a lo grande y despedirme del que se había convertido en mi sitio favorito de Zurich.

Llegué y casi podría decir que el local estaba esperándome. Liza ya tenía preparado el té con leche para mí, que me trajo al mismo tiempo que la carta y, aunque estaba en alemán, me recomendó que probase el “desayuno típico suizo”, que básicamente consistía en café o té, dos tostadas (apunte: a mí ella me puso cuatro, pero quiero pensar que fue en un acto de amistad), un croissant calentito, mantequilla y mermelada casera, cuatro trocitos de queso, además de un zumo de naranja que por 2.5 francos adicionales podía ser recién exprimido. Si no, pues era de bote. Abajo la foto de la obra maestra.

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Soy una gran amante del queso, me encanta, así que disfruté como una enana. Lo único que no estaba bueno era el zumo de naranja, de cartón, pero qué esperar si no pagas el suplemento de 2,5 francos que me pedían. Yo desayuné bien, diría que desayuné demasiado. Para el resto de la mañana no me hizo falta más que una botellita de té que me ayudase a digerirlo, porque parece ser que, como es costumbre en el norte de Europa, se toman el desayuno muy, pero que muy en serio. Aunque también es verdad que la cantidad de gente a la que vi pedir croissant+café a lo largo de todos esos días fue considerable. Imagino que no tienen demasiado tiempo o que en realidad ese desayuno solamente es típico para engañar a los turistas hambrientos como yo. Con todo, me gustó mucho.

Ese día, y gracias a una cosita bastante curiosa que pasó con el hilo musical (eso lo cuento aquí), pude conocer a gran parte de los empleados de Bubbles, que estaba allí esa mañana. Me despedí de ellos y me hicieron prometer que volvería al mes siguiente, que ellos estarían esperándome con mi mesita de la lámpara reservada, en el rincón.

La verdad es que pienso regresar, desde luego. ¡Me quedan dos tipos de tarta de queso por probar y todavía no he pedido el “desayuno pirata”!

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

El queso suizo se transforma en toscano con vinagre balsámico

Normalmente cuando una viaja no quiere pensar que es la típica turista que se mete en los restaurantes típicos en las plazas principales de las ciudades, que está dispuesta a pagar el importe exagerado que tienen escritos los menús y, en general, a la que cualquier espabilado tima con cosas que son “típicas” de allí donde está. Quizá sea lo bueno de viajar en grupo internacional, que las posibilidades de que te metan la canasta (aquí una fan del baloncesto) se reducen. Esto fue justamente lo que nos pasó a tres personas en Florencia, una tarde-noche de septiembre, mientras buscábamos un lugar donde brindar por futuros proyectos con una copa de vino que no superase las tres cifras en el precio.

Éramos tres mujeres de entre 25 y 42 años. Una suiza, una brasileña-italiana y una española, servidora. Parece un chiste, y desde luego la aventurilla tuvo su gracia.

El caso es que íbamos buscando un lugar donde “tomar algo”, esa maravillosa expresión que comprende desde una CocaCola hasta una cena de tres platos, postre y copa. Pero no queríamos nada demasiado turístico, ni demasiado caro, ni demasiado cutre. Por si el lector no conoce Italia, allí son típicos los aperitivi, que consisten en un buffet confeccionado por cada restaurante y una bebida, generalmente no alcohólica, por un precio bastante razonable. Suelen servirse a partir de las 19:00, y suelen tener un importe establecido que se paga al entrar al local, y luego se puede consumir lo que se quiera. Nosotras íbamos buscando algo así. Y dimos bastantes vueltas. Yo no podía sino acordarme de un bar con cristalera que habíamos cruzado antes, en una excursión al supermercado, y lo bien que estaríamos allí con aire acondicionado. A pesar de ser septiembre, hacía mucho calor en Florencia. Pero mucho calor. Lo que se entiende por mucho calor.

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Caminando íbamos por la Via dei Tavolini cuando una de nosotras tropezó, literal, con la diminuta terraza de la Cantinetta dei Verrazzano. Digo diminuta porque solo cabían dos mesas de dos personas, tres apretadas como mucho. Y nos gustó el establecimiento y pensamos: “¿y si nos quedamos aquí?”. Encontrar la entrada fue gracioso, porque el local está dividido en dos partes. La entrada es una tienda al uso de comida para llevar, dulce o salada. En la parte de al lado, donde estaba la terraza, un pasillo con cuatro mesas era el “restaurante”, si se puede llamar así. Pero en lo que realmente estaba especializado el lugar era en vinos; habíamos encontrado una vinoteca.

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La entrada y el mostrador de comida para llevar. La fotografía no es mía, la he sacado de Google Imágenes.

El sitio era bastante bonito, y el hecho de que fuese tan pequeñito a mí me gustó. Además había una pareja de italianos cuando llegamos nosotras, lo que interpreté como una buena señal. Siempre hay que ir a donde vayan los locales, es una de las cosas que me enseñó mi padre. Mis acompañantes pidieron sendas copas de vino y yo, que no quería beber alcohol, pedí un té frío (qué raro en mí), que resultó que hacían ellos mismos. Que igual era mentira y me lo pusieron de bote, pero una de las cosas que me gusta de los tés helados fuera de España es que realmente saben a té, y no a azúcar.

Pedimos una pequeña “selección” de focaccias, aconsejadas por el maître -que, por cierto, fue encantador en todo momento-, de lo que no tengo foto porque en aquel momento me dio un poco de vergüenza sacar el teléfono. Pero después nos entró algo más de hambre y dedujimos que nos íbamos a quedar allí, descartando el plan inicial que era tomarse una copa y cenar en alguna otra parte. Así que como las tres éramos-somos grandes amantes del queso, el maître nos recomendó una selección de quesos toscanos, que así dicho sonaba fenomenal. Abajo la foto, ahí no pude resistirme de lo bonito de la presentación.

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Nos sirvieron tres tipos diferentes de quesos, con mermelada de naranja confitada (o algo así, mi italiano no es muy bueno), y una especie de confitura de zanahoria, diciendo que ambas iban fenomenal con el queso. No me pidáis que recuerde los nombres, imposible. El caso es que delante de nosotras el maître roció el queso del medio, ese que tiene forma de flor, con unas gotas de vinagre balsámico, que personalmente me encanta, diciendo que aquello era “una especialidad toscana”.

Recuerda el lector que he dicho que una de mis acompañantes era suiza, ¿verdad? La otra no lo era de nacimiento, pero se había criado allí y digamos que conocía bastante bien la cultura y, sobre todo, la gastronomía. Resulta que el queso que parecía una flor no era toscano, sino suizo. Se llama tetê de moine, cabeza de monje, porque tiene el mismo aspecto que la tonsura que lucen los religiosos en la cabeza. Se corta en láminas circulares muy finas que al depositarlas en una superficie adoptan esa bonita forma florar. Allí estábamos las tres partidas de risa, ellas más que yo, mirando el queso y al camarero alternativamente y murmurando: “queso toscano, claro”.

No le dijimos nada, qué va. Nos comimos muy a gusto el queso con el pan y las mermeladas. Con la de naranja aquello estaba exageradamente bueno. Y el vinagre balsámico le iba muy bien al “pelado de fraile”, para qué nos vamos a engañar.

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El sitio estaba muy bien. Nada caro si tenemos en cuenta todos los factores: está en Florencia, junto a la Piazza della Signoria (donde está el David y el Palazzo Vecchio), es una vinoteca y no un restaurante, y encima para nada “turístico”. A mí me gustó, y tal vez por tratarse de un local especializado en vinos y encurtidos, el servicio fuese un poco “mejor”, en el sentido de que el camarero estuvo muy servicial y explicándonos cada cosa punto por punto. Al final salimos cada una por 10€, si no recuerdo mal, y entre las focaccias y los quesos, qué queréis que os diga, yo me fui contenta.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

En el Hotel Biber de Zurich nadie lleva gafas

En septiembre pasé unos días alojada en el City Backpackers / Hotel Biber de Zurich, y la verdad es que me gustó. Las causas que me llevaron allí fueron profesionales, lo que quiere decir que la estancia estaba pagada y previamente reservada para mí. Una compañera me había hablado del sitio vagamente, pero digamos que mi conocimiento previo era nulo. Llegar fue bastante sencillo, porque está en Niederdorfstrasse, que es una peatonal donde se pueden encontrar todos los restaurantes de Zurich juntos. Además de varios clubes de cabaret, por si a alguien le interesa. Parece que en ese sentido son bastante liberales, los suizos.

La entrada al Hotel Biber (que, por cierto, significa “castor”) no está exactamente en el nº 5, que es lo que dice en la web. Está en un callejón contiguo a Spaghetti Factory, que es el restaurante por el que se accede.

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A la izquierda, el callejón con la puerta de entrada

No, no es una broma. Si escribo que al hostal se accede por el restaurante, es que es así. Concretamente, por la parte de atrás de las cocinas. Para subir hasta la recepción (en un momento volveré con el asunto de subir) hay que pasar primero por los dos niveles del Spaghetti Factory por detrás, que son los dos pisos que tienen ocupadas las cocinas. En varias ocasiones me encontré con alguno de los empleados, y siempre tenían la sonrisa puesta. Un chico gordito de Sri Lanka me aseguró, una vez, que aquella noche lo tenían todo lleno y que sería un milagro si se iban de allí a la hora que les correspondía. Si os quedáis allí y veis a los chicos y chicas de la cocina del Spaghetti Factory, hacedlo por mí, sed amables y saludadles siempre. Por experiencia propia os digo que trabajar en hostelería y específicamente en cocina es muy parecido al infierno, un trabajo absolutamente agotador. Así que, como dicen mis amigos angloparlantes, show some love para estos muchachos y muchachas, que la amabilidad no está pagada.

Decía antes que hay que subir hasta la recepción, que está en el cuarto piso. Efectivamente, estamos hablando de un hostal construido sobre un restaurante y al que se llega a través del backstage de una cocina. No esperéis encontrar un ascensor. Cuando lleguéis con la lengua fuera hasta el “2. Stock”, os encontraréis una sala pequeña con unas mesitas, una máquina expendedora… ya sabéis, estas cosas que suelen tener los hostales. Y dentro, a la derecha, está recepción. Se paga en el momento en que llegas, después de rellenar un par de datos en una ficha que ellos de dan. Tienen habitaciones desde el tercer (esto es, uno por debajo de recepción) hasta el sexto piso, todos con el cartel de “Stock” pintado en la puerta.

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El “biber” en cuestión

Personalmente yo tenía reservada una habitación individual, y no estaba nada mal. Una cama doble para mí sola, un armario con un curioso sistema de cierre circular, una cómoda de tres cajones, una ventana bastante grande y, lo más gracioso de todo, una pila pegada a un trocito de pared, con su correspondiente espejo-armarito y dos colgaderos para toallas. Exacto, como las de las prisiones. Al principio el detalle me resultó un poco tétrico porque, bueno, aquello se suponía que era un hostal, no una cárcel, pero luego descubrí lo útil que puede ser tener la pila y el espejo a literalmente un paso de donde duermes. Por ejemplo, te puedes lavar los dientes sin que te dé pereza desplazarte -yo soy una histérica de la higiene bucal y nunca se me olvida, pero oye, aquí para todos los casos-; o puedes asearte tranquilamente, ponerte tus cremas o desenredarte el pelo, sin necesidad de incomodar a los demás usuarios de los baños del hostal. No es exclusivo de las mujeres, para afeitarse también viene de maravilla.

Porque ese es el siguiente punto de la lista, los baños. Hay uno por cada planta, con dos urinarios independientes pero sin cerramiento total, así que la privacidad para hacer ciertas cosas no es excesivamente alta, lo digo para que lo sepáis. Además, cada baño tiene dos duchas-cabina como las de la foto.

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Parece que me la haya sacado de un transbordador espacial, pero es verdad, estas son las duchas. Que no os engañe su aspecto, en realidad son una gozada. Si sois exquisitos, llevaos chanclas, pero el nivel de limpieza es muy alto. La presión es suficiente, cosa que a mí me parece fundamental; me da muchísima rabia ducharme y que el agua salga describiendo una parábola perfecta en lugar de una línea recta. La temperatura puede regularse y además funciona, y os aseguro que tener agua calentita sobre la piel cuando fuera hay 12º o 3º es muy agradable. Lo malo es el espacio. Solo hay una percha y un toallero para colgarlo todo, además de una balda pequeñita, que se asoma en la fotografía. Mi solución fue llevarme únicamente la llave, la toalla y el gel+champú en la mano, y volver vestida con los pantalones del pijama y una camiseta de esas que pone Pinturas Manolo. Me apañaba tranquilamente en mi pila carcelaria privada, así sin dar la murga a nadie. Nunca tuve problemas para ducharme o usar el baño porque estaban ocupados. El Hotel Biber no tiene demasiadas habitaciones, lo que hace que la vida sea más cómoda cuando se trata de asuntos higiénicos.

Como comentaba, del tercer al sexto piso están los cuatro “Stock” que pertenecen al hostal. Pero tiene un piso más, donde desde mi punto de vista está la joya de la corona, y además el placer escondido que hizo que yo terminase de enamorarme del lugar: la terraza.

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No me digáis que esa vista y ese cielo no valen sus siete pisos sin ascensor. Para mí los valen, desde luego. La terraza no es demasiado grande, pero tiene dos mesas de esas de merendero o camping, de madera. Además tiene esas adorables luces enredadas en las barras de metal, que la verdad es que no sé si se encienden, porque no tuve la oportunidad de subir de noche. Cuando vuelva os lo averiguo. Por sorprendente que parezca, esta terraza siempre estaba vacía. Nunca me encontré a nadie allí, siempre estaba yo sola. En otra vida debí de ser una cigüeña, porque me apasionan los lugares altos y los tejados, así que en este bonito rincón comí, trabajé y leí muchas veces, a menudo en compañía de botellitas de té frío como la que veis en la fotografía (ya sabéis que tengo una pequeña obsesión con ellas, y con ponerles mis gafas de sol en un intento de creerme graciosa).

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El hostal, como suele ser en casi todos en los que yo me he alojado, está regentado por gente joven que habla inglés, alemán, francés, italiano y hasta se atreven con el español. Son muy simpáticos y no tienen problema en resolverte cualquier duda. Al menos, aquellos con los que yo traté. De hecho, la chica que me atendió cuando llegué me ofreció hasta otra almohada, por si con una no era suficiente. No ofrecen desayuno, pero tienen un convenio con el café Henrici, uno de los más famosos de Zurich, así que puede sacarse un desayuno decente por un precio bastante razonable.

Lo único malo, desde mi punto de vista, es una discriminación total hacia las personas que llevamos gafas. No se ría el lector, estoy hablando muy en serio. Volvamos a la descripción previamente realizada de la ducha. Dije que al otro lado de la cortina solo hay un toallero y una percha. ¿Dónde demonios se supone que voy a dejar las gafas mientras me estoy duchando? Normalmente uso lentillas, pero ¿y si no me apetece ponérmelas ese día o simplemente no las tengo? Conozco muchas otras personas usuarias de miopía y astigmatismo que no tienen lentes de contacto, ¿me quieren explicar los del Biber dónde narices dejamos las gafas al ducharnos? ¿En el suelo? Venga, hombre.

Como en esta vida hay que ser resolutiva, abajo una muestra gráfica de lo que se me ocurrió hacer a mí.

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Plegarlas y colgarlas de la percha. Sencillo y efectivo; los cristales estaban impecables antes y después de ducharme. Pero agradecería para próximas reformas del hostal un estante, aunque fuese minúsculo, para dejarlas próximamente. Que tampoco es pedir tanto. Por cierto, eso de la izquierda es la llave de la habitación. Es un botoncito electrónico que activa la cerradura de la puerta al entrar en contacto con ella. Era la primera vez que yo veía algo así y, oye, aluciné por un tubo. Estos suizos, que nos llevan años de ventaja, pero luego son incapaces de colocar una balda de plástico de Ikea para que una deje sus gafas cuando se ducha.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

El internet-café fantasma y el hotel de cinco estrellas

Tengo una habilidad especial para que me pasen cosas absurdas, extrañas, inverosímiles y sorprendentes. Y en alguna que otra ocasión, todos esos calificativos se juntan en una misma situación. Esto fue precisamente lo que me ocurrió un 13 de septiembre en Zurich, Suiza; cada cosa que leas, lector, es absolutamente cierta y no tiene ni un ápice de fantasía añadido. Espero que cuando termines este post te preguntes, como me pregunto yo, ¿pero cómo hace esta chica para meterse en estas historias?

Por motivos profesionales, me vi necesitada de un lugar con internet donde trabajar, que a ser posible tuviera una mesa y una silla y una carta de tés no excesivamente cara para tratarse de Zurich. El hostal (repetimos: hostal, manténgalo el lector en la mente, que es importante) donde me estaba quedando solo tenía una pequeña sala con dos mesillas, no demasiado cómodas, y carente de luz natural. Vamos, que no era el sitio idóneo para pasarse trabajando unas dos o tres horas. Así que busqué en Google Maps algo tan sencillo como “internet café” y resultó que había uno a cinco minutos a pie de donde me alojaba, justo al lado de un parking, por lo que era fácilmente localizable. Me metí en su página web y comprobé que, en efecto, la carta no resultaba demasiado desorbitada y, por qué no añadirlo, el sitio era bastante mono, decorado en color rojo y con cristalera. Soy fanática del color rojo. Bueno, eso era lo que me enseñaban las dos fotos que alguien había colgado en Yelp. Con buen humor, el bolso en un hombro y el portátil en su funda en el brazo contrario, salí del hostal para encaminarme a este lugar. En mi inseparable compañero de viajes musical sonaba Transitions, el último disco de Will Robert.

Llegar al parking no me costó demasiado tiempo, y de hecho vi la señal que aparece abajo, en la fotografía.

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Bueno, al menos sabía que había ido en la buena dirección. Me metí dentro del parking, porque según las fotos era precisamente en la primera planta donde se encontraba la entrada, y allí no vi más que un local, efectivamente con cristalera, que estaba cerrado. Eso para empezar. Sin embargo, el sitio no tenía ningún cartel que dijese “internet café”, sino “Focaccie”, así que deduje que la cafetería real estaría tal vez dentro, y que aquello era solamente un puesto de comida para llevar. Me metí en el aparcamiento siguiendo un camino lleno de anuncios de ropa, pensando que iría a parar a alguna especie de galería comercial, y lo que me encontré fueron los coches y las plazas, nada más. Volví a salir, di otro par de vueltas alrededor del sitio cerrado y concluí que tal vez la dirección se refería a que estaba junto al parking, y no dentro. Eché a andar por la calle y pasé debajo de unos grandes arcos sobre los que estaba la carretera, pero al avanzar no encontré más que un restaurante muy pijo con terraza toda dispuesta y una braserie.

Decidí preguntarle a una señora mamá que caminaba con su niña. La chiquilla era, por cierto, guapa hasta decir basta. Le pregunté si no sabía de un internet café cerca de allí, porque ya había dado por sentado que la reseña de Yelp tenía que ser vieja y que aquel café del letrero no existía más. No era ningún drama, podía pasar sin una cafetería de color rojo y cristales. La señora al principio me dijo que lo sentía, pero que no recordaba ningún local así. Empecé a despedirme, cuando de repente se acordó que de sí había un internet café cerca, y me señaló el aparcamiento del que yo acababa de salir. Intenté no arquear demasiado la ceja. Le comenté que ya había estado allí y que el local de cristal estaba cerrado, pero ella me aseguró que el café que ella decía nunca cerraba, que seguro que estaría abierto. Le pedí entonces indicaciones. Cabe señalar que yo no hablo alemán, ni suizo-alemán, ni francés, y que el inglés de mi interlocutora tampoco era el mejor del mundo. Me señaló el cartel rojo que yo había visto y me dijo “tienes que subir, por las escaleras”. Le di las gracias y pensé que aquella era la última oportunidad que le daba. Si no lo encontraba, volvería sobre mis pasos y me metería en el primer Starbucks que me saliese al paso, me importaba un carajo gastarme cincuenta francos en un té. Recuérdese que de verdad necesitaba tener acceso a internet.

Llegué al pie del letrero otra vez y, mira por dónde, encontré unas escaleras. Pero no iban hacia arriba, sino hacia abajo. Quizá la señora se hubiese equivocado. Bajé un par de escalones y automáticamente pensé “esto no es una buena idea”. Una imagen dice más que mil palabras.

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Una de muerte y destrucción con doble de orines, gracias.

Ni de coña pensaba meterme ahí abajo. Pero vamos, ni en mis mejores sueños, ni harta de vino. No, no, no. Sin embargo, la mezcla del espíritu aventurero que tengo, sumado a la necesidad de internet, a lo idiota que soy a veces y que abajo había dos puertas, me convencieron para echar un vistazo rápido. Tal y como vi que las puertas eran salidas de emergencia, me di la vuelta. Aquello olía a orines que daba gusto. Volví a subir, con la cabeza un poco cargada, y entonces pensé que tal vez el café estaba de verdad dentro del aparcamiento. Había visto unos ascensores, lo mismo era que se subía a la galería comercial imaginada por allí.

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No hablo alemán, pero deduje que “ausgang” es “salida”. Soy brillante.

Subí al cuarto piso y tal cual volví a pulsar el uno. Allí no había más que coches y plazas vacías. Me vino la inspiración cuando descubrí que en el lateral de la edificación había unas escaleras de hormigón que conducían a lo que parecía ser una terraza. Recordé las palabras de la señora y me regañé por no haberle hecho caso desde el principio; ella había dicho “por las escaleras”. Subí con ánimo. ¿Y qué había arriba?

Nada. La calzada, ya está. Dije unas cuantas palabrotas mentalmente, pero me reí. Apareció un gato precioso con una cinta roja atada al cuello, y me dediqué a seguirlo porque me apetecía mucho sacarle una foto. No conseguí la mejor imagen, pero por lo menos lo atrapé con el objetivo de mi teléfono. Me acordé de la película de Studio Ghibli Haru en el reino de los gatos, donde la protagonista termina en un mundo fantástico después de seguir a un ejemplar blanco y gordo por las callejuelas de su ciudad. Lo mismo me pasaba algo parecido.

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No me pasó absolutamente nada, más que determiné que a la porra, ese internet café no existía y les iba a escribir a los de la página web para que, una de dos, o diesen instrucciones precisas de cómo entrar en el condenado sitio o se dieran de baja, porque estaba claro que le habían cambiado el nombre y ahora vendían focaccias para llevar. No estaba especialmente enfadada, pero de verdad me urgía tener acceso a wi-fi, así que empecé a volver sobre mis pasos y justo al pie de la escalera de hormigón se me cruzó un chico que parecía sacado de la película Tiana y el sapo, por el color de la piel y cómo iba vestido. Sonaba Increíble, de Sharif. Lo detuve muy amablemente para preguntarle, por favor, si sabía de algún internet café cerca de allí. Ya no estaba pensando en el del aparcamiento, a ese le podían dar morcilla tranquilamente. En un primer momento me dijo, con una sonrisa de disculpa, que él no era la persona más indicada porque se acababa de mudar a Zurich, y me dijo que en la siguiente calle había un Starbucks, si no recordaba mal. Le di las gracias y ya estaba por irme cuando me dijo que, en realidad, había otro sitio un poco más decente donde él iba a menudo, pero que era un poco caro. Bromeamos diciendo que todo era caro en Suiza. Se ofreció a caminar conmigo hasta allí, y aunque al principio le dije que no se molestase, que estaría bien, terminamos andando por la calle como el punto y la i, porque yo no soy especialmente bajita, pero mi nuevo conocido mide más de dos metros.

Así conocí a Weston, originario de Nueva York y músico, toca el trombón. Estaba en Zurich porque él y la orquesta donde tocaba iban a actuar durante esta temporada en la Opernhaus Zürich, y me contó que ya había trabajado muchos años en la Metropolitan Opera de NY. Le dije que a mí me gustaba mucho la música y el jazz, y me ofreció acudir a alguna de sus actuaciones. Le dije que no iba a quedarme tanto tiempo, pero que seguramente volvería, y entonces intercambiamos los correos para mantenernos en contacto. Aquí hubo otra broma porque yo le dije que acababa de conocer a una music celebrity, y él se rió. La verdad es que fue muy agradable. Me acompañó hasta lo que desde fuera parecía (ya verá el lector por que utilizo este verbo) un restaurante bien avenido, con terraza con sombrillas y tal, y una fachada interesante con un carnero. Le di las gracias, nos despedimos, y me metí dentro.

Salió a recibirme un maître trajeado y yo le pregunté si sería posible quedarme en una mesa pequeñita porque necesitaba internet para trabajar, y era obvio que estaba casi todo dispuesto para empezar a servir la comida a los posibles clientes (en Europa, que se come muy pronto). Él me respondió que tenían otra sala donde podría trabajar más tranquila, y me preguntó si era cliente del hotel. Aquí fue donde me saltó la primera alarma. ¿Qué hotel? Caminé con el hombre por unos pasillos impecables hasta una terraza que abajo se muestra. Allí me dejó con otro joven, de camisa y sonrisa tímida, que me dijo que escogiese cualquier mesa, que él estaba a mi disposición y que si quería tenía disponible un buffet de sandwiches y snacks a la vuelta de la esquina. Me empezó a entrar un peligroso ataque de risa que tuve que controlar. Le dije que me haría falta un enchufe y él me acomodó en la Biblioteca del hotel. Muy amable, me preguntó qué podría ofrecerme para beber. Yo, que ya estaba viendo una factura de más de tres cifras, le dije que si tenían un té frío me bastaba. Me respondió que ellos mismos hacían su selección de tés, y volvió con la bebida y una tarjetita donde estaba escrita la contraseña del wi-fi.

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La terraza (eso gris de la izquierda es una pared-cascada)
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La biblioteca
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El té casero y las almendritas con cuchara

Nada más acceder a internet metí en el buscador “Widder Hotel“, y me tuve que aguantar las carcajadas. Estaba dentro de un hotel de cinco estrellas justo en el centro de Zurich, en pleno casco histórico, acomodada en la biblioteca, con un cóctel de esos que solo había visto en revistas y escribiendo sobre el brazo del sillón, porque si no, no me llegaba el cargador del portátil al enchufe. Yo, que me estaba alojando en un hostal que tenía una pila pegada a la pared de la habitación, al más puro estilo carcelario, estaba consumiendo wi-fi y té frío de un hotel de cinco estrellas. Yo, que para acceder a mi habitación del hostal tenía que subir hasta un quinto sin ascensor, maleta arriba-maleta abajo, estaba en un edificio del siglo XIX, restaurado y convertido en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, y pijo como la madre que lo parió. Un hotel donde las habitaciones “económicas” cuestan la friolera de 635 francos suizos (más de 700€) la noche. No sabía cómo me habían dejado entrar a mí en un sitio así, con hilo musical de jazz, luces tenues y flores por todas partes. No es que yo fuese una zarrapastrosa, pero desde luego llevaba una chaquetita vaquera y el ordenador metido en una funda de Sanofir Pasteur MSD, que es un medicamento (cosas de propaganda que los padres de una, que son médicos, le consiguen). Es decir, que mi pinta era normal, extremadamente normal. Pero allí estaba. El té estaba buenísimo.

La risa me volvió a dar cuando a los treinta minutos me llegó un correo de Weston, muy simpático, deseándome buena suerte y esperando que pudiese acudir a alguna función. Además me decía que si alguna vez volvía por Zurich y quería tomar un café, que le avisase. Aquello era ridículamente divertido. Me reí tanto que me costó concentrarme en lo que de verdad era importante en ese momento, el motivo real de que yo hubiese terminado allí metida.

Hice lo que tenía que hacer, me bebí el té y dejé que se me escapase una risilla cada vez que miraba a mi alrededor y pensaba “¿pero esto está pasando de verdad?”. Cada vez que un empleado del hotel pasaba por mi lado le respondía con un “hola”, en el tono más dulce y agradable que podía usar. Además, dos japoneses (posiblemente clientes) me saludaron muy amablemente y yo adopté una pose digna de Isabel Presley en su casa de campo, cuando recibe a sus invitados con esa pirámide de Ferrero Rocher. Fingí ser fabulosa un rato, porque la situación era tan absurda que había que aprovecharla. El chiste no se acaba ahí. A mitad de trabajo me entraron ganas de ir al baño y dejé mis cosas en la biblioteca con algo de apuro. No porque me fuesen a quitar nada, qué va. Es que me seguía dando risa. Cuando entré en el servicio, casi sin hacer ruido porque me sentía algo culpable (esa sensación de “yo no tengo que estar aquí”), terminó por explotar lo gracioso del asunto, ahí una prueba gráfica del maravilloso baño.

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Lo gordo es que no solo me entraron ganas de hacer pis, sino de alguna que otra cosa que no queda bien por escrito. Dejé que mi cuerpo siguiese su instinto natural y volví a la biblioteca partida de risa, pero pisando sobre las puntas para que los botines que llevaba no retumbasen contra los escalones de metal.

Antes de marcharme, le tomé una foto a un carnero tallado en el seto que tenían en la terraza, porque “Widder” es “Aries” en alemán. Después de sacarla me tropecé con una silla metálica, hizo un ruido terrible, casi me caigo y el chico de las gafas que me había servido el té vino corriendo para ayudarme a no abrirme la cabeza contra los escalones. “¿Se encuentra usted bien, madame? Si quiere le pedimos un taxi para que la lleve a su hotel”. Y cargarme la esfera de glamour en la que me había envuelto en esas últimas dos horas. Ni hablar.

Me tocó pagar por donde había entrado, esto es, la parte del restaurante, y al final resultó que el té solo costaba 6 francos suizos, que son unos 7€. Es abusivo para un vaso de té en España, pero ya os digo que no es para tanto teniendo en cuenta que estaba en un hotel de cinco estrellas en pleno casco histórico.

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Volví a mi habitación en un quinto sin ascensor, con la pila pegada a la pared igual que en las prisiones, y mientras me comía una de las chocolatinas de Sarah, me eché a reír tan fuerte y tan a gusto que hasta se me saltaron las lágrimas. A veces me pasan cosas endemoniadamente raras.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura

El viaje que inspiró este blog

La tarde del 12 de septiembre cogí un avión de Florencia a Zurich que iba a cambiar mi vida. No se trataría de un cambio radical, de un giro de 180º o de uno de estos episodios trascendentales en los que una se encuentra a sí misma en un espejo y se muere de miedo con lo que ve. Ni me cambié de confesión ni de acera, ni me rapé el pelo, ni cometí un asesinato. Pero la vida me ha enseñado que a veces los cambios más importantes no son “grandes” a ojos de los demás.

Como buen espécimen del siglo XXI que soy, el primer pensamiento que me cruzó la mente cuando me senté al lado de la ventana fue: “por favor, que haya suerte y no se siente nadie más a mi lado”. Algún día hablaré más detenidamente sobre esta aversión a la compañía que mi generación ha desarrollado, porque no me siento especialmente orgullosa de padecerla. Pensé, pues, que ojalá hiciese sola el trayecto. No es lo más frecuente en los aviones, pero alguna vez que otra he tenido la ¿suerte? de hacer el viaje sin compañía. Y desgraciadamente siempre espero que suceda de nuevo. Después caí en la cuenta de que estaba sentada junto a la ventana, cuando yo siempre he sido una persona más de pasillo que otra cosa, pero puesto que me pagaban el viaje no iba a protestar.

Se sentó una chica, por supuesto. Pero fue un ser humano que catalogué como “tolerable” por el simple hecho de la enorme sonrisa que me dirigió, y porque iba acompañando a una señora mayor que podía ser su abuela o su señora al cargo. El hecho es que la naturalidad de su personalidad saltaba a la vista, y además tenía unos ojos risueños, una mirada divertida y una sonrisa bonita. Me inspiró confianza. No obstante me coloqué en las orejas el elemento aislante por excelencia: los auriculares. Y me dediqué a pensar en qué precioso estaba el atardecer desde allí, el sol rojo de la Toscana entre la nubes rosadas y naranjas. Me dieron muchas ganas de sacar el teléfono y ponerme a hacer fotos, cual japonesa perdida en el Prado, pero la verdad es que me pudo la vergüenza y me dediqué a archivar aquella belleza en el carrete de mi memoria.

El avión despegó y sonaba en mi reproductor We won’t let go, de Black Stone Cherry. Soy de la opinión de que la música acompaña los momentos, a veces con exquisita precisión. No sé qué sería yo sin este cacharro, que lleva conmigo nueve años o más. Pero ese es otro tema. El caso es que el avión se elevó y atravesamos una nube. Yo ya tenía la cabeza llena de ensoñaciones e historias fantásticas, cuando de repente el avión se colocó encima de la masa nublada que empezaba a cubrir Florencia.

Dejo que las imágenes hablen por sí solas.

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Aquí mandé a la porra la vergüenza y me lié a sacarle fotos al cielo. Era de verdad sobrecogedor, una de las imágenes más bellas que yo había visto, y era real. La foto estaba perfectamente justificada (y avalada por las otras cuarenta personas que, como yo, tenían el teléfono en la mano).

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Superada la emoción del momento, empecé a hacer cosas un poco más decentes, como una lista de las cosas pendientes para cuando aterrizase en Zurich. Como ya he dicho, tenía mi aislante del mundo en las orejas, así que no me di cuenta de que uno de los azafatos venía con una bandeja para regalarnos cosas. Soy española, no estoy acostumbrada a que las aerolíneas me den gratis de comer y de beber, ¿cómo iba a esperármelo? La chica de la sonrisa bonita me tocó en el hombro y yo alargué la mano automáticamente para coger aquel paquetito que me alargaba el azafato. Cuando lo tuve en la mano, arqueé la ceja y pregunté: “¿pero qué es esto?”. La chica rompió a reír, y me sorprendió. La risa también era muy agradable. Me quité los auriculares de las orejas para escucharla; en ese momento sonaba Shadow, de Soja. Me explicó que aquella pieza de bollería era típica de Suiza, y que no estaba mal, en caso de que te estuvieras muriendo de hambre. A mí me parecía un pretzel alemán con un tajo en el medio y untado de mantequilla, pero amablemente dije que lo guardaría para después (a esas alturas ni siquiera esperaba cenar).

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“Made by hand according to local tradition at a regional Swiss bakery”. Ya, claro.

Sin embargo, aquel atropello gastronómico nos sirvió para entablar una agradable conversación. Le dije que la última (y única) vez que yo me había subido en un avión de Swiss Airlines, me habían regalado una pequeña pastilla de chocolate. Ella volvió a reírse y me dijo que no me preocupase, que llegaría, y que me iba a encantar. De hecho, llegó. El azafato nos ofreció la bandeja, yo cogí una chocolatina y ella le preguntó al chico si podía coger dos. Y tal cual las cogió, las puso sobre la mesita de mi asiento y dijo que eran para mí.

Aquí fue cuando yo me deshice en agradecimientos, asegurándole que se había ganado mi corazón para siempre al regalarme chocolate. Ella se reía sin parar. Empezamos a hablar de nosotras, de aquello a lo que nos dedicábamos, de la razón de que estuviéramos unas horas antes en Florencia. Ella había estado una semana de vacaciones con su abuela; su abuelo había fallecido hacía un año y su viuda no lo estaba llevando demasiado bien. Hablamos de lo afortunadas que éramos al tener familias como las que teníamos, y pocos amigos pero bien escogidos. Me derritió el corazón que se fuese de vacaciones con su abuela y me acordé de la mía. Como anécdota graciosa contaré que por la presión se me reventó el bolígrafo en las manos y que tuve manchas azules en los dedos durante dos días. Hablamos de que las nubes parecían algodón de azúcar desde allí. Esta chica de estupendo carácter y ganas de reírse me confesó ser impaciente y choco-adicta igual que yo. Aún así, no me dejó devolverle las chocolatinas. Después de quince minutos, me ofreció darme su contacto, porque ella vive en Berna, y para cualquier cosa que necesitase le podía escribir. Que esperaba con ilusión que lo hiciera. Aquella chica me acompañó hasta la misma salida del aeropuerto de Zurich y me explicó cómo tenía que coger el tren para llegar. Incluso quiso prestarme francos suizos porque no se fiaba de que yo de verdad tuviese.

Se llama Sarah, y nos escribimos a menudo.

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El cambio del que hablaba al principio de este post no fue otro que ella. Sarah, con su naturalidad y sus ganas de reírse, regalándole dos pastillas de chocolate a una extraña, a alguien que no conoce de nada, pero que se sienta a su lado y le sonríe cuando se miran. Eso fue cuanto le bastó a Sarah para ser una persona excepcionalmente amable. Quise interpretarlo como una señal, como un vaticinio de que aquella semana en Zurich saldría bien y que no tenía que preocuparme por nada. Sarah me dio mucha de la paz que Florencia me había quitado, y creo que nunca se lo agradeceré bastante. Las personas con poca sensibilidad pensarán que fue una tía rara. Las personas algo más despiertas tal vez alcancen a pensar que fue maja. Aquellos que tengan el corazón en mi mismo dial de radio sabrán que Sarah fue magnífica, simplemente. Fue natural, y ese es uno de los regalos más maravillosos que, desde mi punto de vista, puede hacernos una persona.

Aquel gesto de amor simpático y gratuito me arregló el día y me ayudó a abrir este blog. Era una experiencia que quería compartir con muchísima gente, quería que todo el mundo conociese a Sarah y que supiese que me había regalado chocolate sin conocerme de nada. Que se había reído como un pajarillo alegre.

Ahora tú, lector, ya sabes el por qué de este blog. De la historia, quizá, puedas sacar tu propia reflexión, moraleja (aunque no creo que la tenga). Yo termino diciendo que la vida a veces es sorprendentemente bella.

Recuerdos desde aquí, allí desde donde me leas.

Laura